viernes, 6 de noviembre de 2009

UNA HERENCIA QUE TRASMITIR. Pbro. Yván Rodríguez

UNA HERENCIA QUE TRASMITIR


Al sucederse las generaciones, los modelos de vida, las circunstancias históricas y sociológicas, surge una apariencia social que desconcierta a un gran grupo de padres de familias, con los hijos jóvenes, adolescentes, y que se hacen la siguiente pregunta: ¿Cómo educar en los valores de la fe cristiana y en la honestidad a nuestros jóvenes?. Es normal que a muchos padres les asalten las dudas por no ver los frutos esperados de sus repetitivas enseñanzas, produciéndoles cansancio y hasta el deseo de tirar por la borda la adecuada educación de los hijos, cuando ya despunta la juventud..
Al final del camino, la pobreza espiritual de nuestros jóvenes en algunas oportunidades nos angustia. Somos capaces de culparnos de no haberles sabido transmitir la riqueza más grande que nosotros hemos recibido de nuestros mayores, el profundo sentido cristiano.
Ante todo y como primer paso, tenemos que aclarar nuestras ideas en cuanto a la trasmisión de nuestra vivencia de fe a nuestros hijos. Debemos intentar sacar a la luz qué es lo que hace que nuestros hijos sean tan diferentes de nosotros, como fuimos cuando teníamos su misma edad.
Este primer esfuerzo nos puede llevar a conocernos mejor, quizás a justificarles, seguramente a desmitificar la careta o el disfraz que tanta veces nos ha hecho exclamar: <<¿Son hijos nuestros?>>. No podemos quedarnos ahí. Reflexionemos acerca del tesoro que queremos transmitirles. En toda su plenitud. En toda su batalla. Sin avergonzarnos de lo que se nos dio. Orgullosos de formar parte de la gran familia cristiana. Nada más hermoso nos ha legado nuestra historia, nuestra patria, nuestra familia, nuestros padres. Es la herencia que calladamente o por caminos absurdos nos reclaman con lágrimas y tantas veces con sangre nuestros hijos, que siendo hoy jóvenes forman en potencia la vitalidad de la historia de nuestra patria, de nuestras familias futuras y de la nueva sociedad que seguro estamos que no podremos nosotros ver con nuestros ojos mortales.
Cuando nos aman y cuando nos desprecian. Cuando enloquecen, cuando se alejan, cuando se construyen o se destruyen, cuando nos llenan de orgullo o cuando nos producen lastima. Cuando el hijo pródigo,- de que nos habla Jesús en los Evangelios- reclama a su padre la parte de la herencia y , una vez recibida, se marcha del hogar y comienza una vida desenfrenada, iba completamente equivocado. Antes de escuchar su reclamo y exigencia, el padre, ya había trasmitido la herencia verdadera. La que el hijo en ese momento estimó fue la del dinero y otros bienes. Pero ésta no le duró mucho. La herencia verdadera no se esfumó con su vida disoluta y viciosa. Porque la llevaba – quizás sin saberlo- siempre consigo, pudo reflexionar allá en el fondo de su miseria y redescubrir que en la casa del padre la vida era diferente, las lagrimas tenían siempre un consolador, el esfuerzo una recompensa, el amor otro amor más grande frente a él.
Esta misión de ser “trasmisores”, “testimonio vivo” no acaba con la mayoría de edad de los que nacieron de nosotros. Es un bendito deber que hasta en las últimas décadas de nuestra vida nos va a llenar, por un lado, de felicidad, y por otro, de plenitud interna ante el compromiso cumplido. Dimos graciosamente lo que graciosamente habíamos recibido.
No me siento incorporado a esa gran mayoría que piensa que estamos atravesando unos tiempos “excepcionales”. Sólo en un aspecto me uno a ellos. En pocas épocas de la historia ha pasado lo que hoy es tan general y tan popular en nuestra actual Venezuela, el profundo sentido del descontento y falta de ideales. Nos lamentamos, nos quejamos, protestamos, expresamos nuestro desacuerdo, criticamos sin reservas. En esto nuestras generaciones actuales son fecundas. La hojarasca de nuestro frondoso árbol es impresionante, ¿Los frutos?, eso es harina de otro costal, como se suele decir.
También se han quejados otras, por no decir todas las generaciones. Basta recorrer a vuelo de pájaro las páginas que llenan los estantes de nuestras bibliotecas. Pero hay una gran diferencia con la sociedad juvenil de hoy. Se quejaban algunos, casi diríamos, los privilegiados que podían de un modo u otro alzar la voz. Hoy, nos quejamos todos. Esa masa resignada que componía el noventa por ciento de nuestra Venezuela, ya no existe. Voló barrida por las tempestades. Hoy se queja el mendigo, se queja el obrero, se queja el campesino, se quejan los patrones, los profesionales, se quejan los enfermos y a voz en grito se quejan nuestros jóvenes. Hoy nos quejamos todos.
Con frecuencia pienso que esa queja general no es más que el vacio existencial y ausencia de espiritualidad en nuestra sociedad y de manera especial en nuestros hijos y jóvenes. Poéticamente podría decir que la queja actual de nuestros jóvenes es como el que se ha elevado mucho por las crestas de unas montañas. Es natural que su mirada tropiece con infinitos puntos que no están a su altura. Siempre me ha alegrado el corazón, y suscitado el gozo espiritual esas expresiones tan comunes de nuestro pueblo como son, la mejor hallaca la hace mi mamá; no existe mejor hogar que el mío, mi colegio es el mejor, tengo a los mejores padres, así, como otras, ellas expresan la pertenencia y la esperanza de que aún existen motivos para seguir adelante.
Todo esto no nos autoriza para proclamar “excepcionales” a nuestros tiempos. Son tiempos como tantos otros, Peores que algunos, mejores que muchos. Vamos pasando páginas de la historia, y nos encontramos con épocas más crueles y despóticas, con sociedades más inmorales y corrompidas, con ideologías de mayor carga antirreligiosa que las de hoy, con signos más racionalistas y relativos, de los cuales no tenían que envidiar nada nuestros antiguos jóvenes. La única diferencia es que quizás ellos lo supieron afrontar con valentía y esperanza.
Hay un solo punto en el cual me atrevo, y espero que no juzgue mal, que denota la realidad juvenil actual y es la desorientación, la cual es quizás la nota característica actual, es decir parece el común denominador de nuestras generaciones. Cuando digo “desorientación” me refiero no sólo a la de nuestros jóvenes únicamente, sino a casi el noventa por ciento de toda nuestra sociedad. Me atrevería a decir que hoy nuestra sociedad se asemeja al gran hormiguero en el que las hormigas han perdido las antenas que le servían para orientarse y dirigirse.
Desorientación sin proporciones, por que al abrir - sedientos de libertad- todas las puertas y ventanas, las corrientes ideológicas circulan en todos los sentidos y en sus contrarios, con la rapidez con que van cayendo las hojas del calendario. Hoy con gran ligereza se nos quiere vender un liderazgo barato y hasta chorocrático, se nos envuelve en una mentalidad de un oportunismo desenfrenado que no respeta valores humanos, religiosos o sociales, avasallantemente se nos esta despojando de nuestra dignidad humana y nuestra identidad religiosa. Los que estamos navegando hoy en esta Venezuela escuchamos por todas partes cantos de sirenas. Recibimos ecos de todas partes, podríamos decir que estamos tratando de encender las velas, cuando ya otras voces nos las mandan apagar.
Hoy la sobresaturación que sufrimos de información contribuye a hacer más “natural” y más normal nuestra trágica desorientación. Todo se mezcla, todo se desvalora, todo pierde su color original, todo se hace efímero. Los acontecimientos diarios de la vida nos parecen insignificantes gotas de agua pasajeras, que apenas sale la luz ya no existen. No contempladas al abrir la ventana. Y caen unas nuevas y se secan como las que precedieron. No sabemos si llovió o no llovió. No hay tiempo para fijar ideas. Nos sentimos desorientados.
Cabe una pregunta: ¿ Pero hay responsables ante este mal de la desorientación?. Pregunta que para algunos puede quedar sin contestarla, sólo por el simple hecho de no asumir la parte que a cada uno nos corresponde. Siempre apuntamos al chivo expiatorio y no nos involucramos en la carga de responsabilidad que a cada uno nos corresponde.
Sin embargo, siendo un poco agudos ante la pregunta, podríamos decir; que dentro de cada familia, había una autoridad, - buena o mala -, había un modelo – imperfecto muchas veces-, los hijos no vivían desorientados. Ese puesto, hoy esta vacante en muchos de nuestros hogares y en consecuencia en las generaciones juveniles actuales.
De puertas para fuera, también han existido durante muchos siglos otro tipo de guías. Guías de adolescentes y adultos. Guías del patrimonio que cada uno iba almacenando. Eran los maestros y los sacerdotes. A su lado y hasta contra ellos, no había desorientados. Se conocía el camino. Podía gustar o no, pero todos teníamos conocimiento de los diferentes caminos de la vida. Hoy son también puestos vacantes. Sillones vacíos. ¡Y son muchos!
Para incrementar nuestra desorientación, a cada rincón de nuestro camino, se nos presenta como mitos lo que nuestros antepasados admiraron como ideales de vida sana y realizada según la dimensión del hombre. Los ídolos de hoy son verdaderos monstruos en su gran mayoría. Superdogrados o supersinvergüenzas tienen sus fotos en las paredes de las habitaciones de nuestros hijos. “Vedettes”, que en lo absurdo de sus costumbres no han tenido mejor salida que el suicidio, se nos siguen proponiendo como creaturas de sueño. Y se pagan fortunas por el vaso que contuvo el veneno que le dio muerte o la jeringa con que se inyectó la sobredosis que le fue fatal. ¿Podríamos no estar desorientados?
Vale la pena pararse un momento y entrar en reflexión sobre las distintas transformaciones que estamos viviendo. No es un simple deseo de filosofar o profundizar en las ciencias sociales. Es apremiante la necesidad de entender mejor que es lo que está pasando ante nuestros ojos. Si llegamos a entender, aunque sea parcialmente, podríamos juzgarlo, y sobre todo quizás se nos aclare el camino con una rayo que nos enseñe a transformar en bien para nuestros jóvenes lo que hoy es terrible, ilimitada y ofuscante desorientación.
Ojala que conozcamos mejor a nuestros jóvenes y supiéramos trasmitirles más plenamente la herencia que Dios y nosotros le tenemos preparada….

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Operario Diocesano.

UN NUEVO CIELO APARECERÁ EN EL HORIZONTE. Pbro. Yván Rodríguez

UN NUEVO CIELO APARECERÁ EN EL HORIZONTE

La paz será la última palabra de la historia.
Paz a los hombres de buena voluntad.
Pero ¿Es verdaderamente posible la paz en medio de nuestra historia? ¿En medio de la cultura de la muerte y la lucha encarnizada de poder? ¿En medio de aquellos que se sienten víctimas del odio y el desprecio social? ¿ En medio de tantas familias divididas?
Cristo es nuestra auténtica Paz.
Guste o no, el cristiano tiene que alzarse contra las falsas nociones de paz que circulan por el mundo de las ideologías y de las actitudes.
La de Cristo es una paz que contraría numerosas manipulaciones humanas de este concepto. “La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo”. Esta afirmación del resucitado ha de situar al cristiano en guarda indeclinable. Cristo contrapone su paz y la paz del mundo, y es justo que los seguidores de Cristo vigilen de continuo para no aceptar como paz de Dios lo que es simple silencio impuesto, marginación de las voces legítimas, defensa de los mutilados derechos humanos o exigencia de una determinada justicia.
La paz de Cristo, por de pronto, no debemos confundirla con cualquier tipo de pasividad o de conformismo. “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Esta palabra del Señor – para quien quiera entenderla- es convocatoria urgente a una decidida voluntad de conquistar la paz, de construir la paz, de crear la paz. La paz no se da, y mucho menos se impone. Nadie puede decir: la paz es mía, la hago yo y la disfrutan los otros. La paz se realiza mediante un esfuerzo continuo que pone en cuarentena las falsas paces que los poderosos tratan de hacer pasar por verdadera paz. Orden no es paz. La paz implica una mayor estabilidad en todos los órdenes humanos y sociales.
“Gloría a Dios en el cielo”. “Y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.
Dios mismo despertó en el hombre un deseo de paz. Vivir en la tierra la paz es una realidad. Es la voluntad de Dios para con el hombre. Pero no se trata de una paz rotulada con letras de molde elegante; firmada entre arenas del desierto con plumas bañadas en tintas de sangre; vigilada con el radar y los cañones, protegida de alambre y trincheras; vestida de frac y medallas.
La paz de Cristo exige conformación del corazón del hombre y de las estructuras de la sociedad con la palabra del evangelio.
Se trata de la paz manuscrita, de todos los días en el quehacer del trabajo, del día a día de lo interno de la familia, de las buenas relaciones humanas de la sociedad, de los tratados internacionales que subscriben la paz pensando buenamente en los sectores más necesitados. La paz que extiende su mano de amigo abierta y sincera, la que acerca la otra mejilla al que ayer era un enemigo imperdonable.
La paz de Cristo, es la paz que llora y no pide venganza del asesino; la que traza el nudo en anillos de boda o la que en el silencio del aún no nacido exige respeto.
La paz es posible. Una paz en el interior de cada uno y una paz en las relaciones sociales que no se ajuste a las exigencias de justicia, de fraternidad, de apertura al otro y de aceptación del otro, de la idolatría del poder, del tener y del sensualismo y la vida fácil no es la paz de Cristo, por muchas que sean las invocaciones – privadas o públicas- a la confesión cristiana.
Todo el despliegue religioso de cada sociedad o de cada persona puede tener su justificación según los tiempos de cada época, pero existen elementos indispensables, sin cuya afirmación no hay lugar a calificarse de creyentes en Jesús de Nazaret.
Dar la buena noticia a los que sufren, vendar los corazones desgarrados, proclamar el año de gracia a los cautivos y la libertad a los encarcelados, es el profundo contenido de la paz de Cristo. Sin el cumplimiento de estas exigencias indispensables, toda otra manifestación religiosa es barroquismo y hasta alienación, por no decir manipulación de lo religioso con la finalidad de apaciguar la buena conciencia.
Seremos dichosos en la medida que el proyecto de paz, anunciado, encarnado y testificado por Cristo encuentre un eco profundo en nuestros corazones.
Esforcémonos en el nuevo año por ser constructores y portadores de la paz de Cristo en todos los ambientes de nuestra actual sociedad.

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda

María, criatura amada por Dios. Pbro. Yván Rodríguez

María, criatura amada por Dios
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
En la historia de la salvación, la Virgen María tiene un especial relieve. A la vez, la Virgen María forma parte de la historia y de la vida de la Iglesia.
Hija del antiguo Israel, María es, al mismo tiempo, hija primogénita y madre de la Iglesia. Hija y Madre de Dios. Hija mayor. Ama y señora.
María es fruto primero de salvación, el primer sarmiento injertado en Cristo y primer miembro de su Cuerpo Místico.
Madre de la Iglesia, por que fue predestinada desde la eternidad para ser madre especialmente escogida de aquel que tenía que alimentar la vida de la Iglesia.
A través de María llega la salvación a los hombres. Es a través de ella como llega hasta la humanidad, como un torrente de luz, la salvación primera prometida por Dios desde el principio del mundo. La Virgen María, es la primera de los redimidos y, al mismo tiempo, madre de los redimidos. Es madre del Salvador por derecho propio, la madre de los salvados, de los redimidos, y no sólo porque engendró al Salvador, sino por que fielmente colaboró íntimamente con El apoyándose en la obra de la salvación.
Unida plenamente a su Hijo, , el más pequeño de sus actos tiene un valor salvífico evidente, y el servicio que le hace de madre se extiende a todos los que creen en Él. Al pie de la cruz, y esperando la venida del Espíritu en el cenáculo, se revela como madre de la Iglesia. Reina de los apóstoles. Unida a la Iglesia, es su imagen viviente, esplendorosa en orden a la fe, a la caridad y a la unión con Cristo.
María nunca perdió la fe en el Hijo. María era un fuego portador de fuego. Vivía del pan de la fe, a pesar de todos los contratiempos de la historia. Es la fe de la Iglesia, que nos viene de la madre como un río de sangre. María es también modelo y meta del amor. Amó a Dios sin medida. Y la Iglesia se nutre del amor de esta madre única. Leche espiritual que alimenta al Cuerpo Místico, cuya cabeza es Cristo.
María la llena de gracia, se dio toda y del todo a la persona y obra de su Hijo. Y con el mismo amor que se entregara en servicio al Hijo se da, a la vez, en bien a la humanidad.
Más que estancarse y aislarse en el amor, lo despliega como una cascada de luz y lo difunde en la Iglesia a través del tiempo y el espacio.
Abstraída en la contemplación del misterio de Dios, lo le impide difundir la riqueza de este amor contemplativo hacia el prójimo. Ahí está María, presurosa camino a la montaña, para ayudar a su prima Isabel. Es el primer acto de amor. Es el primer acto de servicio. Es el gesto de poner a los otros en primer lugar, sin fijarse en la comodidad que se pierde o en la inquietud personal que no se tiene. María conoce muy bien lo que necesita el hombre. Dios se da a María como Hijo, y ella se da al Hijo como sierva, servidora. Y servidora, a la vez del prójimo.
María nos acepta como somos, con nuestra cara y nuestra cruz. Luego nos invita a purificarnos, a divinizarnos, a mirar horizontes de plenitud. María esta en nuestra historia cada día, junto a nuestra marginación, injusticia, violencia y odio. Sin embargo, solo ella es la que acoge a sus hijos con auténtico corazón de Madre.

MANIPULACIÓN DE EMBRIONES. Pbro.Yván Rodríguez

MANIPULACIÓN DE EMBRIONES

Con frecuencia, demostramos nuestra capacidad de asombro al escuchar o leer casi a diario a, través de los medios de comunicación social, la condena a muerte de un ser humano. Nos impresiona el saber que una persona, aunque haya sido el peor de los criminales, va a ser ejecutado. Sin embargo, nos parece “normal” que en algunos países de la llamada Unión Europea y en otros países, se haya determinado abiertamente que los embriones congelados sean condenados a muerte. Ya diversos laboratorios, de reconocida marca comercial a nivel mundial, gozan del llamado permiso “legal” para desarrollar según el uso que se les quiera dar, el poderlos cultivar por un tiempo determinado en una probeta. Cuando tengan el tamaño que permita utilizar con provecho sus células estaminales, serán condenados, ejecutados y comercializados a muerte aquellos que consideren embriones de desecho.
La medicina y la ciencia, “dicen”, avanzan vertiginosamente en nuestra actualidad gracia a estos experimentos. Hasta se llega a la afirmación severa, de que en pocos años podrán ser curadas graves enfermedades degenerativas. Otros, por su parte, han dado públicamente gracias a los padres “donadores” de embriones por su acción generosa, por contribuir al bien de la humanidad, al progreso científico técnico de la ingeniería genética.
Ante éste panorama, una verdad sea dicha: “El que guarda silencio y no puede defenderse, el más inocente en toda ésta historia, muere”. Cada, uno de los embriones que será utilizado por laboratorios de alto nivel, dejará de existir, terminará su vida, porque así otros lo han decidido. Toda su existencia, se ha circunscrito a un entorno de injusticias. Primero, por haber sido concebido en un ambiente antinatural, fuera del seno materno. Segundo, por haber sido concebido siempre como “sobrante”, como alguien que valía “por si acaso” como material de emergencia. Tercero, porque fue, congelado a unas temperaturas sumamente bajas y perjudiciales a su supervivencia, dejando al criterio de lo que otros (papás, científicos, laboratorios o empresas comercializadoras) decidiesen sobre su nefasto futuro.
Nunca faltarán voces, que sacarán partido de estos momentos trágicos, para acentuar su crítica destructiva a los defensores de la vida humana y al respeto inalienable de todo ser humano en su total desarrollo. Siempre nos acusarán de ser enemigos de la ciencia y la experimentación. Nos declararán como aquellos que hemos impedido que miles y millones de enfermos alcancen su sanación. Es más, nos despreciarán como Iglesia, simplemente por afirmar que todo embrión humano amerita respeto simplemente por ser lo que es: un ser humano. Es más, algunos de los que abiertamente promueven el relativismo moral y la indolencia ante el valor de la vida, nos estrujarán su opinión lasciva, diciendo que para qué tanto escándalo por la defensa de los embriones congelados, si ya el aborto en algunos países es una realidad aceptada por muchos y amparada por entes gubernamentales. Ciertamente hemos llegado muy lejos, a un exacerbado desprecio del valor de la vida y la admisión de un avance de una ciencia sin conciencia, que fácilmente conduce a una derogación del valor inalienable de la dignidad de la persona desde su concepción hasta su último acto humano, que es la muerte.
Entre una de las medidas urgentes, en las que se encuentran miles de embriones congelados, lo indicado es la prohibición de cualquier técnica de reproducción artificial extracorpórea.
La declaración actual de la condena a muerte de los embriones congelados, es un momento triste para la humanidad, en su marcha hacia la cultura de la muerte, hacia el desprecio de la vida de unos para favorecer la vida de otros privilegiados. Ciertamente es una coyuntura triste para la humanidad tal panorama. Pero, sin embargo, es un “Kairós”, en el que no sólo bastan las lágrimas y los lamentos. Nos ha llegado la hora de que, como creyentes en el Dios de la Vida, tengamos gestos heroicos, voluntades firmes, para hacer algo por defender las vidas inocentes, para salvar a la ciencia con una dosis de ética, con una dosis de amor, que es el origen de la vida.
Pbro.Lic. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Operario Diocesano

LA IGLESIA SE CONSTRUYE DÍA A DÍA. Pbro. Yván Rodríguez

LA IGLESIA SE CONSTRUYE DÍA A DÍA

La Iglesia, a través de los siglos, es futuro.
Cristo dijo a los suyos que por el modo en que se amasen mutuamente comprendería el mundo que Él era el enviado del Padre.
Un cierto espiritualismo todavía vivo se extasía frente a la santidad invisible de la Iglesia, exalta el amor invisible de la Iglesia, celebra la libertad invisible con la que Cristo nos ha hecho libres y da muestras de no preocuparse demasiado del hecho que, en el plano visible, no es siempre verdad que los cristianos seamos moralmente mejores que los demás, que estemos más unidos por vínculos de solidaridad, que respetemos y garanticemos entre nosotros la libertad.
Aquí es donde se decide la autenticidad de la Iglesia como signo.
Día tras día, la Iglesia, para los cristianos, se construye, se vive.
Ella es el sufrimiento de los hombres que conseguimos vivir plenamente nuestra fe.
Ella es el grito de los profetas que gritan a los cuatro vientos el gozoso mensaje del evangelio, la infinita misericordia del Padre, la incesante llamada del amor.
Ella es caída y fracaso porque es humana, con todo el peso del egoísmo y del orgullo de los hombres.
Ella es el maravilloso aliento de generosidad, de gratuidad y de don hasta la muerte a veces, porque es divina y nacida al pie de la cruz.
El designio de Dios se cumple con la intervención de Cristo, que liberó al mundo del pecado y le comunicó, de una vez para siempre, el propósito del Padre, que si no hubiese sido por Él habría quedado oculto en la perversión de la carne y de la sangre.
La Iglesia cumple la obra de Cristo – es su instrumento – redimido y restaurado. Al habérsele confiado la palabra de Cristo, la Iglesia tiene una doble función: la de juzgar al mundo y la de anunciar el propósito eterno del Padre.
El mundo es juzgado; la palabra de Cristo ha disuelto las tinieblas, ha denunciado su incapacidad, su idolatría.
Nadie puede juzgar a la Iglesia si él mismo no es artesano de su futuro. Nadie puede, desde fuera, hacer la lista de los defectos y desviaciones si él mismo no se compromete hacerlos desaparecer.
Por todos aquellos que, día tras día, dan de su tiempo, de su fuerza, de su vida para que, desde el interior, el amor progrese en el seno de la Iglesia, todas las críticas, a menudo justificadas, parezcan irrisorias al lado de lo esencial: vivir el amor, este amor que procede de su fuente, de la plegaria personal y litúrgica.
Pero el amor no se hace con publicidad; él afecta al secreto de los corazones y de los hogares. El amor es obra de paciencia, de perseverancia, de fidelidad, en un mundo de eficacia, de rendimiento y de velocidad. El amor, en fin, es obra comunitaria en un mundo más y más individualizado.
Más allá de todos los límites humanos y de todas sus debilidades, la Iglesia es indispensable para todos los cristianos, precisamente porque este amor es imposible vivirlo sólo.
Es porque día tras día, la Iglesia crea y construye desde el interior, sin dejarse ganar nunca por el desánimo ni la falsa tentación de cabalgar sola. En cuanto sacramento, no tiene otro fin que la humanidad.
Es voluntad de Dios que la zanja que separa la Iglesia y la humanidad sea colmada y se colme del único modo auténtico, siendo la Iglesia más profundamente fiel a sí misma – sacramento de salvación-, que se construye cada día.

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda

LA FUERZA VIVA DEL EVANGELIO. P. Yván Rodríguez

LA FUERZA VIVA DEL EVANGELIO
La proclamación de la palabra de Dios a los hombres, como palabra nueva y promotora de auténticos valores humanos y evangélicos, es lo que pide a gritos la necesidad actual del hombre y sus circunstancias en las que le toca desarrollarse.
No se trata de repetir únicamente la noticia que nos trasmitieron los contemporáneos de Jesús en un mundo muy distinto del nuestro. Se trata de ser rostro viviente de Dios en medio de los hombres.
Dios continúa manifestando su buena noticia, hablando, haciéndose tangible a través del rostro de los hombres. Se nos ha confiado una tarea a todos los hombres: Ser hombres que propiciemos en medio del mundo el encuentro con Dios. Dios toca a los hombres a través de rostros humanos.
La evangelización, ¿ se dirige hacia el cielo o hacia la tierra?.
No es posible hacer dicotomías. No hay un cuerpo ni un alma como dos entidades separadas. No existe un cielo de evasión feliz, ni una tierra de penitencia obligada. Cielo y tierra están unidos estrechamente, del mismo modo que el hombre es algo integrado, complemento, donde el espíritu y la materia se compenetran.
Es la hora del hombre. Es el compromiso con el hombre. Cristo, el resucitado, vive en los hombres que sufren, gimen; es peregrino y explotado en los hombres; sumido en la ignorancia, inconsciencia y vicio; quiere resucitar también para ellos, sirviéndose de la presencia activa del hombre cristiano.
La palabra de Dios posee la característica de interpelar e inquietar la conciencia del hombre. La buena noticia que comunicó Jesús, como portavoz y palabra de Dios, no fue al extraterrestre, sino que afecto a los hombres concretos de ayer y debe afectar a los hombres concretos de hoy.
Nuestro modelo es y será Jesús de Nazaret: con su anuncio del reino de los cielos y con el rechazo a las injusticias de su tiempo, con su lucha contra el conformismo socio-político-religioso y como líder espiritual de los primeros al poner todo en común. Esto revela claramente que el amor y la justicia que debe predicar el cristiano no es evasionista.
Estamos en un mundo que necesita un amor más profundo y eficaz que un amor artesanal, propio de una sociedad sin medios técnicos. En un mundo industrial y técnico, el evangelio pide un amor más profundo y más amplio: el amor que cambia las estructuras injustas.
El hombre vive hoy carcomido por el afán de lucro, el deseo de consumir cuantitativamente, la lucha centrada en el egoísmo, la competencia despiadada, el materialismo inmediato y egocéntrico. La sociedad de consumo ha producido estos abominables movimientos humanos.
Por eso evangelizar es esforzarse por conseguir un hombre solidario, por medio de una educación de motivaciones sociales y por la implantación de unas estructuras favorecedoras de una comunidad radicalmente fraterna.
Así se manifestará el gozo que predicó Jesús de Nazaret: iniciación de los cielos nuevos y la nueva tierra, que se cumplirán al final de los tiempos, pero que podemos empezar a construir decididamente aquí y ahora, construcción que debe ser nuestro empeño mejor de un evangelio encarnado.
Reencontrar profundamente el Evangelio y mantener muy abiertos los ojos a la actualidad, son fuerzas que ayudarán al nacimiento de la Iglesia testigo del amor, reconciliado y reconciliador.
El Evangelio vivido, es portador de amor que es capaz de cambiar las estructuras injustas.
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda

¿FARISEOS O PUBLICANOS?. P. Yván Rodríguez

¿FARISEOS O PUBLICANOS?
Lc. 18, 9-14
Al meditar la parábola del fariseo y el publicano, parece oportuno razonar un poco en cuanto a nuestras actitudes de fe y obras, sólo una pregunta puede orientarnos a tal reflexión: ¿Y nosotros que somos? ¿Fariseos o publicanos?
El fariseo es un hombre contento de sí mismo. Se apoya en cierto número de prácticas cuidadosamente observadas y con ellas está seguro de su valía y de su salvación. Va a misa todos los domingos; se confiesa y comulga según lo mandado; procura guardar abstinencia los días preceptuados. Cristo había querido una religión en espíritu y en verdad, con un mandamiento: Amar; el fariseo la ha reducido a unas cuantas obligaciones, gracias a las cuales puede sentirse satisfecho de estar en regla. Está en paz con Dios, lo mismo que con sus acreedores, con el recaudador de contribuciones y con el guardia de circulación. Posee la verdad y se sirve de ella para juzgar a los demás, en vez de utilizarla para juzgarse a sí mismo. No se considera un pecador. ¡Y se extraña de ver que los demás sí lo son!
Y mientras estamos describiendo al fariseo al fariseo, todos los no practicantes, los tibios, los orgullosos se frotan las manos de gusto. Y se dicen para sus adentros: “Yo soy el publicano. Yo no soy como ese individuo de que se está hablando. Yo no voy a misa, ni comulgo, ni me confieso jamás; yo no soy peor, ni mucho menos, que todos esos cristianos que se ponen en evidencia”.
¡No está mal! Al hablar de ese modo – aunque no se den cuenta de ello – se denuncian a sí mismos como los peores fariseos: se alaban a sí mismos, están contentos de sí, ¡también ellos dan gracias por no ser como los demás! Dicen que son los últimos, pero es para poder considerarse como los primeros. Se humillan, pero es precisamente para poderse vanagloriar.
El verdadero publicano quizás sea aquel que al oír esta descripción se ha dicho: ¡Ese soy yo! ¡Yo soy un fariseo! Es el que sabe que no vale para nada, que estropea todo lo que toca, que tiene necesidad de Cristo sólo para practicar el bien, sino incluso para evitar las peores faltas. Tiene confianza en Cristo, acepta esos medios humildes, que son la confesión, la eucaristía, porque Cristo se los aconseja. Llega hasta el punto de aceptarse a verse mezclado con los fariseos y de rezar por ellos, sin juzgarlos.
Da gusto a Dios aquel que no atribuye a su propio mérito las buenas disposiciones que tiene, sino depende enteramente de la misericordia de Dios; aquel que sabe que, por naturaleza, es un pecador, un publicano, un fariseo, pero que al propio tiempo está seguro de que su salvador es tan bueno y tan poderoso que puede hacer de él, sencillamente, un hijo suyo.
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Sacerdote Operario Diocesano