MANIPULACIÓN DE EMBRIONES
Con frecuencia, demostramos nuestra capacidad de asombro al escuchar o leer casi a diario a, través de los medios de comunicación social, la condena a muerte de un ser humano. Nos impresiona el saber que una persona, aunque haya sido el peor de los criminales, va a ser ejecutado. Sin embargo, nos parece “normal” que en algunos países de la llamada Unión Europea y en otros países, se haya determinado abiertamente que los embriones congelados sean condenados a muerte. Ya diversos laboratorios, de reconocida marca comercial a nivel mundial, gozan del llamado permiso “legal” para desarrollar según el uso que se les quiera dar, el poderlos cultivar por un tiempo determinado en una probeta. Cuando tengan el tamaño que permita utilizar con provecho sus células estaminales, serán condenados, ejecutados y comercializados a muerte aquellos que consideren embriones de desecho.
La medicina y la ciencia, “dicen”, avanzan vertiginosamente en nuestra actualidad gracia a estos experimentos. Hasta se llega a la afirmación severa, de que en pocos años podrán ser curadas graves enfermedades degenerativas. Otros, por su parte, han dado públicamente gracias a los padres “donadores” de embriones por su acción generosa, por contribuir al bien de la humanidad, al progreso científico técnico de la ingeniería genética.
Ante éste panorama, una verdad sea dicha: “El que guarda silencio y no puede defenderse, el más inocente en toda ésta historia, muere”. Cada, uno de los embriones que será utilizado por laboratorios de alto nivel, dejará de existir, terminará su vida, porque así otros lo han decidido. Toda su existencia, se ha circunscrito a un entorno de injusticias. Primero, por haber sido concebido en un ambiente antinatural, fuera del seno materno. Segundo, por haber sido concebido siempre como “sobrante”, como alguien que valía “por si acaso” como material de emergencia. Tercero, porque fue, congelado a unas temperaturas sumamente bajas y perjudiciales a su supervivencia, dejando al criterio de lo que otros (papás, científicos, laboratorios o empresas comercializadoras) decidiesen sobre su nefasto futuro.
Nunca faltarán voces, que sacarán partido de estos momentos trágicos, para acentuar su crítica destructiva a los defensores de la vida humana y al respeto inalienable de todo ser humano en su total desarrollo. Siempre nos acusarán de ser enemigos de la ciencia y la experimentación. Nos declararán como aquellos que hemos impedido que miles y millones de enfermos alcancen su sanación. Es más, nos despreciarán como Iglesia, simplemente por afirmar que todo embrión humano amerita respeto simplemente por ser lo que es: un ser humano. Es más, algunos de los que abiertamente promueven el relativismo moral y la indolencia ante el valor de la vida, nos estrujarán su opinión lasciva, diciendo que para qué tanto escándalo por la defensa de los embriones congelados, si ya el aborto en algunos países es una realidad aceptada por muchos y amparada por entes gubernamentales. Ciertamente hemos llegado muy lejos, a un exacerbado desprecio del valor de la vida y la admisión de un avance de una ciencia sin conciencia, que fácilmente conduce a una derogación del valor inalienable de la dignidad de la persona desde su concepción hasta su último acto humano, que es la muerte.
Entre una de las medidas urgentes, en las que se encuentran miles de embriones congelados, lo indicado es la prohibición de cualquier técnica de reproducción artificial extracorpórea.
La declaración actual de la condena a muerte de los embriones congelados, es un momento triste para la humanidad, en su marcha hacia la cultura de la muerte, hacia el desprecio de la vida de unos para favorecer la vida de otros privilegiados. Ciertamente es una coyuntura triste para la humanidad tal panorama. Pero, sin embargo, es un “Kairós”, en el que no sólo bastan las lágrimas y los lamentos. Nos ha llegado la hora de que, como creyentes en el Dios de la Vida, tengamos gestos heroicos, voluntades firmes, para hacer algo por defender las vidas inocentes, para salvar a la ciencia con una dosis de ética, con una dosis de amor, que es el origen de la vida.
Pbro.Lic. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Operario Diocesano
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