viernes, 6 de noviembre de 2009

¿FARISEOS O PUBLICANOS?. P. Yván Rodríguez

¿FARISEOS O PUBLICANOS?
Lc. 18, 9-14
Al meditar la parábola del fariseo y el publicano, parece oportuno razonar un poco en cuanto a nuestras actitudes de fe y obras, sólo una pregunta puede orientarnos a tal reflexión: ¿Y nosotros que somos? ¿Fariseos o publicanos?
El fariseo es un hombre contento de sí mismo. Se apoya en cierto número de prácticas cuidadosamente observadas y con ellas está seguro de su valía y de su salvación. Va a misa todos los domingos; se confiesa y comulga según lo mandado; procura guardar abstinencia los días preceptuados. Cristo había querido una religión en espíritu y en verdad, con un mandamiento: Amar; el fariseo la ha reducido a unas cuantas obligaciones, gracias a las cuales puede sentirse satisfecho de estar en regla. Está en paz con Dios, lo mismo que con sus acreedores, con el recaudador de contribuciones y con el guardia de circulación. Posee la verdad y se sirve de ella para juzgar a los demás, en vez de utilizarla para juzgarse a sí mismo. No se considera un pecador. ¡Y se extraña de ver que los demás sí lo son!
Y mientras estamos describiendo al fariseo al fariseo, todos los no practicantes, los tibios, los orgullosos se frotan las manos de gusto. Y se dicen para sus adentros: “Yo soy el publicano. Yo no soy como ese individuo de que se está hablando. Yo no voy a misa, ni comulgo, ni me confieso jamás; yo no soy peor, ni mucho menos, que todos esos cristianos que se ponen en evidencia”.
¡No está mal! Al hablar de ese modo – aunque no se den cuenta de ello – se denuncian a sí mismos como los peores fariseos: se alaban a sí mismos, están contentos de sí, ¡también ellos dan gracias por no ser como los demás! Dicen que son los últimos, pero es para poder considerarse como los primeros. Se humillan, pero es precisamente para poderse vanagloriar.
El verdadero publicano quizás sea aquel que al oír esta descripción se ha dicho: ¡Ese soy yo! ¡Yo soy un fariseo! Es el que sabe que no vale para nada, que estropea todo lo que toca, que tiene necesidad de Cristo sólo para practicar el bien, sino incluso para evitar las peores faltas. Tiene confianza en Cristo, acepta esos medios humildes, que son la confesión, la eucaristía, porque Cristo se los aconseja. Llega hasta el punto de aceptarse a verse mezclado con los fariseos y de rezar por ellos, sin juzgarlos.
Da gusto a Dios aquel que no atribuye a su propio mérito las buenas disposiciones que tiene, sino depende enteramente de la misericordia de Dios; aquel que sabe que, por naturaleza, es un pecador, un publicano, un fariseo, pero que al propio tiempo está seguro de que su salvador es tan bueno y tan poderoso que puede hacer de él, sencillamente, un hijo suyo.
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Sacerdote Operario Diocesano

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