viernes, 6 de noviembre de 2009

María, criatura amada por Dios. Pbro. Yván Rodríguez

María, criatura amada por Dios
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
En la historia de la salvación, la Virgen María tiene un especial relieve. A la vez, la Virgen María forma parte de la historia y de la vida de la Iglesia.
Hija del antiguo Israel, María es, al mismo tiempo, hija primogénita y madre de la Iglesia. Hija y Madre de Dios. Hija mayor. Ama y señora.
María es fruto primero de salvación, el primer sarmiento injertado en Cristo y primer miembro de su Cuerpo Místico.
Madre de la Iglesia, por que fue predestinada desde la eternidad para ser madre especialmente escogida de aquel que tenía que alimentar la vida de la Iglesia.
A través de María llega la salvación a los hombres. Es a través de ella como llega hasta la humanidad, como un torrente de luz, la salvación primera prometida por Dios desde el principio del mundo. La Virgen María, es la primera de los redimidos y, al mismo tiempo, madre de los redimidos. Es madre del Salvador por derecho propio, la madre de los salvados, de los redimidos, y no sólo porque engendró al Salvador, sino por que fielmente colaboró íntimamente con El apoyándose en la obra de la salvación.
Unida plenamente a su Hijo, , el más pequeño de sus actos tiene un valor salvífico evidente, y el servicio que le hace de madre se extiende a todos los que creen en Él. Al pie de la cruz, y esperando la venida del Espíritu en el cenáculo, se revela como madre de la Iglesia. Reina de los apóstoles. Unida a la Iglesia, es su imagen viviente, esplendorosa en orden a la fe, a la caridad y a la unión con Cristo.
María nunca perdió la fe en el Hijo. María era un fuego portador de fuego. Vivía del pan de la fe, a pesar de todos los contratiempos de la historia. Es la fe de la Iglesia, que nos viene de la madre como un río de sangre. María es también modelo y meta del amor. Amó a Dios sin medida. Y la Iglesia se nutre del amor de esta madre única. Leche espiritual que alimenta al Cuerpo Místico, cuya cabeza es Cristo.
María la llena de gracia, se dio toda y del todo a la persona y obra de su Hijo. Y con el mismo amor que se entregara en servicio al Hijo se da, a la vez, en bien a la humanidad.
Más que estancarse y aislarse en el amor, lo despliega como una cascada de luz y lo difunde en la Iglesia a través del tiempo y el espacio.
Abstraída en la contemplación del misterio de Dios, lo le impide difundir la riqueza de este amor contemplativo hacia el prójimo. Ahí está María, presurosa camino a la montaña, para ayudar a su prima Isabel. Es el primer acto de amor. Es el primer acto de servicio. Es el gesto de poner a los otros en primer lugar, sin fijarse en la comodidad que se pierde o en la inquietud personal que no se tiene. María conoce muy bien lo que necesita el hombre. Dios se da a María como Hijo, y ella se da al Hijo como sierva, servidora. Y servidora, a la vez del prójimo.
María nos acepta como somos, con nuestra cara y nuestra cruz. Luego nos invita a purificarnos, a divinizarnos, a mirar horizontes de plenitud. María esta en nuestra historia cada día, junto a nuestra marginación, injusticia, violencia y odio. Sin embargo, solo ella es la que acoge a sus hijos con auténtico corazón de Madre.

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