UN SOL QUE BRILLA ETERNAMENTE
El 25 de enero de 1.909, a la una de la tarde, murió el Beato Manuel Domingo y Sol, fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús. Un sacerdote insigne adornado por las virtudes y gracias sobrenaturales y humanas. Se distinguió por una audacia, que bien podemos describirla como un regalo constante de la asistencia continua de la acción del Espíritu Santo. Un modelo sacerdotal en el cual podemos constatar la estima del Sacerdocio de Cristo, la fidelidad a la Iglesia y la constante inspiración en buscar una respuesta a los retos pastorales de su tiempo.
Inquieto por la grandeza del ministerio sacerdotal, fue fiel a la Inspiración del Espíritu Santo, y fundó en 1893 la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús. Su idea era la de congregar un grupo de sacerdotes , que viviendo bajo el vínculo de la Caridad, se ocupasen del Amor a Jesús en la Eucaristía, el fomento, cuidado y sostenimiento de las vocaciones sacerdotales , religiosas y apostólicas, así como también del amor y guiatura de la juventud. En la fundación de la Hermandad, encuentra Don Manuel el medio más apropiado para extender poco a poco su interés por las vocaciones sacerdotales. En ellas encuentra la gran clave de la vigencia de su Obra: “La vocación es la llave de la cosecha”. Bien sabía él por donde apuntalar la Obra de la Hermandad, y con precisión acertó a perpetuarla y hacer brillar su carisma en el tiempo con el trabajo abnegado por las vocaciones sacerdotales, religiosas y apostólicas. Sabía bien que, de un buen clero, se obtendría una mejor vida de Iglesia.
La audacia y la vigencia del carisma de la Hermandad brillan en el tiempo con una luz propia, ya que durante los años de labor apostólica de la Hermandad en el mundo, ha dado respuesta a una opción por la formación sacerdotal y el trabajo en los seminarios. En cada plataforma pastoral, la Hermandad procura actualizar el deseo y espíritu del Fundador tratando de vocacionalizar sus encargos y retos pastorales. La búsqueda de un perfil sacerdotal correspondiente a la identidad propia del ministerio, la fidelidad a la Iglesia y la corresponsabilidad en la fraternidad sacerdotal, son sellos emblemáticos del talante sacerdotal de cada operario.
Hoy, al iniciar la celebración del centenario de la muerte del Beato Mosén Sol, sentimos la profunda alegría de su asistencia desde el cielo, de la actualidad de sus escritos y de la trascendencia eclesial de un carisma vigente a lo largo del tiempo. Un hombre que supo darse y desgastarse por la obra de Dios y su Iglesia; lo entregó todo a cambio de nada; vivió su sacerdocio con ansias constante de santidad y auténtico celo apostólico.
Al acercarnos a su espiritualidad Eucarística y reparadora, constatamos cómo Dios fue modelando en su corazón la Obra de la Hermandad. Agradar y servir a Dios fue la nota inspiradora de un hombre fiel al seguimiento de Cristo. Mosén Sol, hombre de un corazón grande, nutrido en la fuente de la Eucaristía y movido por el anhelo de grandeza en la extensión del Reino. Bien lo denominó el Papa Juan Pablo II en la homilía de su beatificación al titularlo como el
Cien años que el Beato Mosén Sol ha estado intercediendo por la Hermandad y la Iglesia; cien años en los cuales su muerte ha sido esa semilla fecunda a lo largo de los continentes; cien años de centenares de sacerdotes formados bajo su estilo y celo por el sacerdocio. Un centenario de acción de gracias por la poderosa súplica del Beato a los pies de Dios. Hoy entendemos cómo Mosén Sol supo trabajar en la raíz del bien de la Iglesia, sabiendo descubrir la perla preciosa en su entrega pastoral. Bien lo decía él: “El Señor me ha dado a gustar consuelos y sinsabores en el ministerio. Pero de todo esto, el fomento de las vocaciones sacerdotales es lo que forma y formará mi gozo y mi corona”.
Dando inmensas gracias a Dios por el ejemplo de vida sacerdotal, la fidelidad ministerial y la entrega del Beato Mosén Sol al servicio de la Iglesia, hoy los operarios nos regocijamos de tenerlo como ejemplo de vida sacerdotal y un modelo preclaro de la grandeza de Dios plasmado en el tiempo y la eternidad. El sol que tuvo su ocaso aquel 25 de enero de 1.909, sigue brillando en la eternidad de la Iglesia y en la respuesta esperanzada de la Hermandad por seguir cultivando buen clero en la ancha y extensa parcela de la Iglesia. Bien sabía Mosén Sol donde estaría el mérito de su obra: en la eternidad.
La grandeza y entrega del Beato Mosén Sol están descritas en sus mismas palabras alentadoras en la entrega ministerial, el cual decía:
“No sabemos si estamos destinados a ser un río caudaloso que haga florecer a sus orillas jardines amenos, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida; pero más brillante o más humilde nuestra vocación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos”.
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Sacerdote Operario Diocesano

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