UN NUEVO CIELO APARECERÁ EN EL HORIZONTE
La paz será la última palabra de la historia.
Paz a los hombres de buena voluntad.
Pero ¿Es verdaderamente posible la paz en medio de nuestra historia? ¿En medio de la cultura de la muerte y la lucha encarnizada de poder? ¿En medio de aquellos que se sienten víctimas del odio y el desprecio social? ¿ En medio de tantas familias divididas?
Cristo es nuestra auténtica Paz.
Guste o no, el cristiano tiene que alzarse contra las falsas nociones de paz que circulan por el mundo de las ideologías y de las actitudes.
La de Cristo es una paz que contraría numerosas manipulaciones humanas de este concepto. “La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo”. Esta afirmación del resucitado ha de situar al cristiano en guarda indeclinable. Cristo contrapone su paz y la paz del mundo, y es justo que los seguidores de Cristo vigilen de continuo para no aceptar como paz de Dios lo que es simple silencio impuesto, marginación de las voces legítimas, defensa de los mutilados derechos humanos o exigencia de una determinada justicia.
La paz de Cristo, por de pronto, no debemos confundirla con cualquier tipo de pasividad o de conformismo. “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Esta palabra del Señor – para quien quiera entenderla- es convocatoria urgente a una decidida voluntad de conquistar la paz, de construir la paz, de crear la paz. La paz no se da, y mucho menos se impone. Nadie puede decir: la paz es mía, la hago yo y la disfrutan los otros. La paz se realiza mediante un esfuerzo continuo que pone en cuarentena las falsas paces que los poderosos tratan de hacer pasar por verdadera paz. Orden no es paz. La paz implica una mayor estabilidad en todos los órdenes humanos y sociales.
“Gloría a Dios en el cielo”. “Y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.
Dios mismo despertó en el hombre un deseo de paz. Vivir en la tierra la paz es una realidad. Es la voluntad de Dios para con el hombre. Pero no se trata de una paz rotulada con letras de molde elegante; firmada entre arenas del desierto con plumas bañadas en tintas de sangre; vigilada con el radar y los cañones, protegida de alambre y trincheras; vestida de frac y medallas.
La paz de Cristo exige conformación del corazón del hombre y de las estructuras de la sociedad con la palabra del evangelio.
Se trata de la paz manuscrita, de todos los días en el quehacer del trabajo, del día a día de lo interno de la familia, de las buenas relaciones humanas de la sociedad, de los tratados internacionales que subscriben la paz pensando buenamente en los sectores más necesitados. La paz que extiende su mano de amigo abierta y sincera, la que acerca la otra mejilla al que ayer era un enemigo imperdonable.
La paz de Cristo, es la paz que llora y no pide venganza del asesino; la que traza el nudo en anillos de boda o la que en el silencio del aún no nacido exige respeto.
La paz es posible. Una paz en el interior de cada uno y una paz en las relaciones sociales que no se ajuste a las exigencias de justicia, de fraternidad, de apertura al otro y de aceptación del otro, de la idolatría del poder, del tener y del sensualismo y la vida fácil no es la paz de Cristo, por muchas que sean las invocaciones – privadas o públicas- a la confesión cristiana.
Todo el despliegue religioso de cada sociedad o de cada persona puede tener su justificación según los tiempos de cada época, pero existen elementos indispensables, sin cuya afirmación no hay lugar a calificarse de creyentes en Jesús de Nazaret.
Dar la buena noticia a los que sufren, vendar los corazones desgarrados, proclamar el año de gracia a los cautivos y la libertad a los encarcelados, es el profundo contenido de la paz de Cristo. Sin el cumplimiento de estas exigencias indispensables, toda otra manifestación religiosa es barroquismo y hasta alienación, por no decir manipulación de lo religioso con la finalidad de apaciguar la buena conciencia.
Seremos dichosos en la medida que el proyecto de paz, anunciado, encarnado y testificado por Cristo encuentre un eco profundo en nuestros corazones.
Esforcémonos en el nuevo año por ser constructores y portadores de la paz de Cristo en todos los ambientes de nuestra actual sociedad.
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
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