UNA HERENCIA QUE TRASMITIR
Al sucederse las generaciones, los modelos de vida, las circunstancias históricas y sociológicas, surge una apariencia social que desconcierta a un gran grupo de padres de familias, con los hijos jóvenes, adolescentes, y que se hacen la siguiente pregunta: ¿Cómo educar en los valores de la fe cristiana y en la honestidad a nuestros jóvenes?. Es normal que a muchos padres les asalten las dudas por no ver los frutos esperados de sus repetitivas enseñanzas, produciéndoles cansancio y hasta el deseo de tirar por la borda la adecuada educación de los hijos, cuando ya despunta la juventud..
Al final del camino, la pobreza espiritual de nuestros jóvenes en algunas oportunidades nos angustia. Somos capaces de culparnos de no haberles sabido transmitir la riqueza más grande que nosotros hemos recibido de nuestros mayores, el profundo sentido cristiano.
Ante todo y como primer paso, tenemos que aclarar nuestras ideas en cuanto a la trasmisión de nuestra vivencia de fe a nuestros hijos. Debemos intentar sacar a la luz qué es lo que hace que nuestros hijos sean tan diferentes de nosotros, como fuimos cuando teníamos su misma edad.
Este primer esfuerzo nos puede llevar a conocernos mejor, quizás a justificarles, seguramente a desmitificar la careta o el disfraz que tanta veces nos ha hecho exclamar: <<¿Son hijos nuestros?>>. No podemos quedarnos ahí. Reflexionemos acerca del tesoro que queremos transmitirles. En toda su plenitud. En toda su batalla. Sin avergonzarnos de lo que se nos dio. Orgullosos de formar parte de la gran familia cristiana. Nada más hermoso nos ha legado nuestra historia, nuestra patria, nuestra familia, nuestros padres. Es la herencia que calladamente o por caminos absurdos nos reclaman con lágrimas y tantas veces con sangre nuestros hijos, que siendo hoy jóvenes forman en potencia la vitalidad de la historia de nuestra patria, de nuestras familias futuras y de la nueva sociedad que seguro estamos que no podremos nosotros ver con nuestros ojos mortales.
Cuando nos aman y cuando nos desprecian. Cuando enloquecen, cuando se alejan, cuando se construyen o se destruyen, cuando nos llenan de orgullo o cuando nos producen lastima. Cuando el hijo pródigo,- de que nos habla Jesús en los Evangelios- reclama a su padre la parte de la herencia y , una vez recibida, se marcha del hogar y comienza una vida desenfrenada, iba completamente equivocado. Antes de escuchar su reclamo y exigencia, el padre, ya había trasmitido la herencia verdadera. La que el hijo en ese momento estimó fue la del dinero y otros bienes. Pero ésta no le duró mucho. La herencia verdadera no se esfumó con su vida disoluta y viciosa. Porque la llevaba – quizás sin saberlo- siempre consigo, pudo reflexionar allá en el fondo de su miseria y redescubrir que en la casa del padre la vida era diferente, las lagrimas tenían siempre un consolador, el esfuerzo una recompensa, el amor otro amor más grande frente a él.
Esta misión de ser “trasmisores”, “testimonio vivo” no acaba con la mayoría de edad de los que nacieron de nosotros. Es un bendito deber que hasta en las últimas décadas de nuestra vida nos va a llenar, por un lado, de felicidad, y por otro, de plenitud interna ante el compromiso cumplido. Dimos graciosamente lo que graciosamente habíamos recibido.
No me siento incorporado a esa gran mayoría que piensa que estamos atravesando unos tiempos “excepcionales”. Sólo en un aspecto me uno a ellos. En pocas épocas de la historia ha pasado lo que hoy es tan general y tan popular en nuestra actual Venezuela, el profundo sentido del descontento y falta de ideales. Nos lamentamos, nos quejamos, protestamos, expresamos nuestro desacuerdo, criticamos sin reservas. En esto nuestras generaciones actuales son fecundas. La hojarasca de nuestro frondoso árbol es impresionante, ¿Los frutos?, eso es harina de otro costal, como se suele decir.
También se han quejados otras, por no decir todas las generaciones. Basta recorrer a vuelo de pájaro las páginas que llenan los estantes de nuestras bibliotecas. Pero hay una gran diferencia con la sociedad juvenil de hoy. Se quejaban algunos, casi diríamos, los privilegiados que podían de un modo u otro alzar la voz. Hoy, nos quejamos todos. Esa masa resignada que componía el noventa por ciento de nuestra Venezuela, ya no existe. Voló barrida por las tempestades. Hoy se queja el mendigo, se queja el obrero, se queja el campesino, se quejan los patrones, los profesionales, se quejan los enfermos y a voz en grito se quejan nuestros jóvenes. Hoy nos quejamos todos.
Con frecuencia pienso que esa queja general no es más que el vacio existencial y ausencia de espiritualidad en nuestra sociedad y de manera especial en nuestros hijos y jóvenes. Poéticamente podría decir que la queja actual de nuestros jóvenes es como el que se ha elevado mucho por las crestas de unas montañas. Es natural que su mirada tropiece con infinitos puntos que no están a su altura. Siempre me ha alegrado el corazón, y suscitado el gozo espiritual esas expresiones tan comunes de nuestro pueblo como son, la mejor hallaca la hace mi mamá; no existe mejor hogar que el mío, mi colegio es el mejor, tengo a los mejores padres, así, como otras, ellas expresan la pertenencia y la esperanza de que aún existen motivos para seguir adelante.
Todo esto no nos autoriza para proclamar “excepcionales” a nuestros tiempos. Son tiempos como tantos otros, Peores que algunos, mejores que muchos. Vamos pasando páginas de la historia, y nos encontramos con épocas más crueles y despóticas, con sociedades más inmorales y corrompidas, con ideologías de mayor carga antirreligiosa que las de hoy, con signos más racionalistas y relativos, de los cuales no tenían que envidiar nada nuestros antiguos jóvenes. La única diferencia es que quizás ellos lo supieron afrontar con valentía y esperanza.
Hay un solo punto en el cual me atrevo, y espero que no juzgue mal, que denota la realidad juvenil actual y es la desorientación, la cual es quizás la nota característica actual, es decir parece el común denominador de nuestras generaciones. Cuando digo “desorientación” me refiero no sólo a la de nuestros jóvenes únicamente, sino a casi el noventa por ciento de toda nuestra sociedad. Me atrevería a decir que hoy nuestra sociedad se asemeja al gran hormiguero en el que las hormigas han perdido las antenas que le servían para orientarse y dirigirse.
Desorientación sin proporciones, por que al abrir - sedientos de libertad- todas las puertas y ventanas, las corrientes ideológicas circulan en todos los sentidos y en sus contrarios, con la rapidez con que van cayendo las hojas del calendario. Hoy con gran ligereza se nos quiere vender un liderazgo barato y hasta chorocrático, se nos envuelve en una mentalidad de un oportunismo desenfrenado que no respeta valores humanos, religiosos o sociales, avasallantemente se nos esta despojando de nuestra dignidad humana y nuestra identidad religiosa. Los que estamos navegando hoy en esta Venezuela escuchamos por todas partes cantos de sirenas. Recibimos ecos de todas partes, podríamos decir que estamos tratando de encender las velas, cuando ya otras voces nos las mandan apagar.
Hoy la sobresaturación que sufrimos de información contribuye a hacer más “natural” y más normal nuestra trágica desorientación. Todo se mezcla, todo se desvalora, todo pierde su color original, todo se hace efímero. Los acontecimientos diarios de la vida nos parecen insignificantes gotas de agua pasajeras, que apenas sale la luz ya no existen. No contempladas al abrir la ventana. Y caen unas nuevas y se secan como las que precedieron. No sabemos si llovió o no llovió. No hay tiempo para fijar ideas. Nos sentimos desorientados.
Cabe una pregunta: ¿ Pero hay responsables ante este mal de la desorientación?. Pregunta que para algunos puede quedar sin contestarla, sólo por el simple hecho de no asumir la parte que a cada uno nos corresponde. Siempre apuntamos al chivo expiatorio y no nos involucramos en la carga de responsabilidad que a cada uno nos corresponde.
Sin embargo, siendo un poco agudos ante la pregunta, podríamos decir; que dentro de cada familia, había una autoridad, - buena o mala -, había un modelo – imperfecto muchas veces-, los hijos no vivían desorientados. Ese puesto, hoy esta vacante en muchos de nuestros hogares y en consecuencia en las generaciones juveniles actuales.
De puertas para fuera, también han existido durante muchos siglos otro tipo de guías. Guías de adolescentes y adultos. Guías del patrimonio que cada uno iba almacenando. Eran los maestros y los sacerdotes. A su lado y hasta contra ellos, no había desorientados. Se conocía el camino. Podía gustar o no, pero todos teníamos conocimiento de los diferentes caminos de la vida. Hoy son también puestos vacantes. Sillones vacíos. ¡Y son muchos!
Para incrementar nuestra desorientación, a cada rincón de nuestro camino, se nos presenta como mitos lo que nuestros antepasados admiraron como ideales de vida sana y realizada según la dimensión del hombre. Los ídolos de hoy son verdaderos monstruos en su gran mayoría. Superdogrados o supersinvergüenzas tienen sus fotos en las paredes de las habitaciones de nuestros hijos. “Vedettes”, que en lo absurdo de sus costumbres no han tenido mejor salida que el suicidio, se nos siguen proponiendo como creaturas de sueño. Y se pagan fortunas por el vaso que contuvo el veneno que le dio muerte o la jeringa con que se inyectó la sobredosis que le fue fatal. ¿Podríamos no estar desorientados?
Vale la pena pararse un momento y entrar en reflexión sobre las distintas transformaciones que estamos viviendo. No es un simple deseo de filosofar o profundizar en las ciencias sociales. Es apremiante la necesidad de entender mejor que es lo que está pasando ante nuestros ojos. Si llegamos a entender, aunque sea parcialmente, podríamos juzgarlo, y sobre todo quizás se nos aclare el camino con una rayo que nos enseñe a transformar en bien para nuestros jóvenes lo que hoy es terrible, ilimitada y ofuscante desorientación.
Ojala que conozcamos mejor a nuestros jóvenes y supiéramos trasmitirles más plenamente la herencia que Dios y nosotros le tenemos preparada….
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Operario Diocesano.
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