viernes, 6 de noviembre de 2009

UNA HERENCIA QUE TRASMITIR. Pbro. Yván Rodríguez

UNA HERENCIA QUE TRASMITIR


Al sucederse las generaciones, los modelos de vida, las circunstancias históricas y sociológicas, surge una apariencia social que desconcierta a un gran grupo de padres de familias, con los hijos jóvenes, adolescentes, y que se hacen la siguiente pregunta: ¿Cómo educar en los valores de la fe cristiana y en la honestidad a nuestros jóvenes?. Es normal que a muchos padres les asalten las dudas por no ver los frutos esperados de sus repetitivas enseñanzas, produciéndoles cansancio y hasta el deseo de tirar por la borda la adecuada educación de los hijos, cuando ya despunta la juventud..
Al final del camino, la pobreza espiritual de nuestros jóvenes en algunas oportunidades nos angustia. Somos capaces de culparnos de no haberles sabido transmitir la riqueza más grande que nosotros hemos recibido de nuestros mayores, el profundo sentido cristiano.
Ante todo y como primer paso, tenemos que aclarar nuestras ideas en cuanto a la trasmisión de nuestra vivencia de fe a nuestros hijos. Debemos intentar sacar a la luz qué es lo que hace que nuestros hijos sean tan diferentes de nosotros, como fuimos cuando teníamos su misma edad.
Este primer esfuerzo nos puede llevar a conocernos mejor, quizás a justificarles, seguramente a desmitificar la careta o el disfraz que tanta veces nos ha hecho exclamar: <<¿Son hijos nuestros?>>. No podemos quedarnos ahí. Reflexionemos acerca del tesoro que queremos transmitirles. En toda su plenitud. En toda su batalla. Sin avergonzarnos de lo que se nos dio. Orgullosos de formar parte de la gran familia cristiana. Nada más hermoso nos ha legado nuestra historia, nuestra patria, nuestra familia, nuestros padres. Es la herencia que calladamente o por caminos absurdos nos reclaman con lágrimas y tantas veces con sangre nuestros hijos, que siendo hoy jóvenes forman en potencia la vitalidad de la historia de nuestra patria, de nuestras familias futuras y de la nueva sociedad que seguro estamos que no podremos nosotros ver con nuestros ojos mortales.
Cuando nos aman y cuando nos desprecian. Cuando enloquecen, cuando se alejan, cuando se construyen o se destruyen, cuando nos llenan de orgullo o cuando nos producen lastima. Cuando el hijo pródigo,- de que nos habla Jesús en los Evangelios- reclama a su padre la parte de la herencia y , una vez recibida, se marcha del hogar y comienza una vida desenfrenada, iba completamente equivocado. Antes de escuchar su reclamo y exigencia, el padre, ya había trasmitido la herencia verdadera. La que el hijo en ese momento estimó fue la del dinero y otros bienes. Pero ésta no le duró mucho. La herencia verdadera no se esfumó con su vida disoluta y viciosa. Porque la llevaba – quizás sin saberlo- siempre consigo, pudo reflexionar allá en el fondo de su miseria y redescubrir que en la casa del padre la vida era diferente, las lagrimas tenían siempre un consolador, el esfuerzo una recompensa, el amor otro amor más grande frente a él.
Esta misión de ser “trasmisores”, “testimonio vivo” no acaba con la mayoría de edad de los que nacieron de nosotros. Es un bendito deber que hasta en las últimas décadas de nuestra vida nos va a llenar, por un lado, de felicidad, y por otro, de plenitud interna ante el compromiso cumplido. Dimos graciosamente lo que graciosamente habíamos recibido.
No me siento incorporado a esa gran mayoría que piensa que estamos atravesando unos tiempos “excepcionales”. Sólo en un aspecto me uno a ellos. En pocas épocas de la historia ha pasado lo que hoy es tan general y tan popular en nuestra actual Venezuela, el profundo sentido del descontento y falta de ideales. Nos lamentamos, nos quejamos, protestamos, expresamos nuestro desacuerdo, criticamos sin reservas. En esto nuestras generaciones actuales son fecundas. La hojarasca de nuestro frondoso árbol es impresionante, ¿Los frutos?, eso es harina de otro costal, como se suele decir.
También se han quejados otras, por no decir todas las generaciones. Basta recorrer a vuelo de pájaro las páginas que llenan los estantes de nuestras bibliotecas. Pero hay una gran diferencia con la sociedad juvenil de hoy. Se quejaban algunos, casi diríamos, los privilegiados que podían de un modo u otro alzar la voz. Hoy, nos quejamos todos. Esa masa resignada que componía el noventa por ciento de nuestra Venezuela, ya no existe. Voló barrida por las tempestades. Hoy se queja el mendigo, se queja el obrero, se queja el campesino, se quejan los patrones, los profesionales, se quejan los enfermos y a voz en grito se quejan nuestros jóvenes. Hoy nos quejamos todos.
Con frecuencia pienso que esa queja general no es más que el vacio existencial y ausencia de espiritualidad en nuestra sociedad y de manera especial en nuestros hijos y jóvenes. Poéticamente podría decir que la queja actual de nuestros jóvenes es como el que se ha elevado mucho por las crestas de unas montañas. Es natural que su mirada tropiece con infinitos puntos que no están a su altura. Siempre me ha alegrado el corazón, y suscitado el gozo espiritual esas expresiones tan comunes de nuestro pueblo como son, la mejor hallaca la hace mi mamá; no existe mejor hogar que el mío, mi colegio es el mejor, tengo a los mejores padres, así, como otras, ellas expresan la pertenencia y la esperanza de que aún existen motivos para seguir adelante.
Todo esto no nos autoriza para proclamar “excepcionales” a nuestros tiempos. Son tiempos como tantos otros, Peores que algunos, mejores que muchos. Vamos pasando páginas de la historia, y nos encontramos con épocas más crueles y despóticas, con sociedades más inmorales y corrompidas, con ideologías de mayor carga antirreligiosa que las de hoy, con signos más racionalistas y relativos, de los cuales no tenían que envidiar nada nuestros antiguos jóvenes. La única diferencia es que quizás ellos lo supieron afrontar con valentía y esperanza.
Hay un solo punto en el cual me atrevo, y espero que no juzgue mal, que denota la realidad juvenil actual y es la desorientación, la cual es quizás la nota característica actual, es decir parece el común denominador de nuestras generaciones. Cuando digo “desorientación” me refiero no sólo a la de nuestros jóvenes únicamente, sino a casi el noventa por ciento de toda nuestra sociedad. Me atrevería a decir que hoy nuestra sociedad se asemeja al gran hormiguero en el que las hormigas han perdido las antenas que le servían para orientarse y dirigirse.
Desorientación sin proporciones, por que al abrir - sedientos de libertad- todas las puertas y ventanas, las corrientes ideológicas circulan en todos los sentidos y en sus contrarios, con la rapidez con que van cayendo las hojas del calendario. Hoy con gran ligereza se nos quiere vender un liderazgo barato y hasta chorocrático, se nos envuelve en una mentalidad de un oportunismo desenfrenado que no respeta valores humanos, religiosos o sociales, avasallantemente se nos esta despojando de nuestra dignidad humana y nuestra identidad religiosa. Los que estamos navegando hoy en esta Venezuela escuchamos por todas partes cantos de sirenas. Recibimos ecos de todas partes, podríamos decir que estamos tratando de encender las velas, cuando ya otras voces nos las mandan apagar.
Hoy la sobresaturación que sufrimos de información contribuye a hacer más “natural” y más normal nuestra trágica desorientación. Todo se mezcla, todo se desvalora, todo pierde su color original, todo se hace efímero. Los acontecimientos diarios de la vida nos parecen insignificantes gotas de agua pasajeras, que apenas sale la luz ya no existen. No contempladas al abrir la ventana. Y caen unas nuevas y se secan como las que precedieron. No sabemos si llovió o no llovió. No hay tiempo para fijar ideas. Nos sentimos desorientados.
Cabe una pregunta: ¿ Pero hay responsables ante este mal de la desorientación?. Pregunta que para algunos puede quedar sin contestarla, sólo por el simple hecho de no asumir la parte que a cada uno nos corresponde. Siempre apuntamos al chivo expiatorio y no nos involucramos en la carga de responsabilidad que a cada uno nos corresponde.
Sin embargo, siendo un poco agudos ante la pregunta, podríamos decir; que dentro de cada familia, había una autoridad, - buena o mala -, había un modelo – imperfecto muchas veces-, los hijos no vivían desorientados. Ese puesto, hoy esta vacante en muchos de nuestros hogares y en consecuencia en las generaciones juveniles actuales.
De puertas para fuera, también han existido durante muchos siglos otro tipo de guías. Guías de adolescentes y adultos. Guías del patrimonio que cada uno iba almacenando. Eran los maestros y los sacerdotes. A su lado y hasta contra ellos, no había desorientados. Se conocía el camino. Podía gustar o no, pero todos teníamos conocimiento de los diferentes caminos de la vida. Hoy son también puestos vacantes. Sillones vacíos. ¡Y son muchos!
Para incrementar nuestra desorientación, a cada rincón de nuestro camino, se nos presenta como mitos lo que nuestros antepasados admiraron como ideales de vida sana y realizada según la dimensión del hombre. Los ídolos de hoy son verdaderos monstruos en su gran mayoría. Superdogrados o supersinvergüenzas tienen sus fotos en las paredes de las habitaciones de nuestros hijos. “Vedettes”, que en lo absurdo de sus costumbres no han tenido mejor salida que el suicidio, se nos siguen proponiendo como creaturas de sueño. Y se pagan fortunas por el vaso que contuvo el veneno que le dio muerte o la jeringa con que se inyectó la sobredosis que le fue fatal. ¿Podríamos no estar desorientados?
Vale la pena pararse un momento y entrar en reflexión sobre las distintas transformaciones que estamos viviendo. No es un simple deseo de filosofar o profundizar en las ciencias sociales. Es apremiante la necesidad de entender mejor que es lo que está pasando ante nuestros ojos. Si llegamos a entender, aunque sea parcialmente, podríamos juzgarlo, y sobre todo quizás se nos aclare el camino con una rayo que nos enseñe a transformar en bien para nuestros jóvenes lo que hoy es terrible, ilimitada y ofuscante desorientación.
Ojala que conozcamos mejor a nuestros jóvenes y supiéramos trasmitirles más plenamente la herencia que Dios y nosotros le tenemos preparada….

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Operario Diocesano.

UN NUEVO CIELO APARECERÁ EN EL HORIZONTE. Pbro. Yván Rodríguez

UN NUEVO CIELO APARECERÁ EN EL HORIZONTE

La paz será la última palabra de la historia.
Paz a los hombres de buena voluntad.
Pero ¿Es verdaderamente posible la paz en medio de nuestra historia? ¿En medio de la cultura de la muerte y la lucha encarnizada de poder? ¿En medio de aquellos que se sienten víctimas del odio y el desprecio social? ¿ En medio de tantas familias divididas?
Cristo es nuestra auténtica Paz.
Guste o no, el cristiano tiene que alzarse contra las falsas nociones de paz que circulan por el mundo de las ideologías y de las actitudes.
La de Cristo es una paz que contraría numerosas manipulaciones humanas de este concepto. “La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo”. Esta afirmación del resucitado ha de situar al cristiano en guarda indeclinable. Cristo contrapone su paz y la paz del mundo, y es justo que los seguidores de Cristo vigilen de continuo para no aceptar como paz de Dios lo que es simple silencio impuesto, marginación de las voces legítimas, defensa de los mutilados derechos humanos o exigencia de una determinada justicia.
La paz de Cristo, por de pronto, no debemos confundirla con cualquier tipo de pasividad o de conformismo. “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Esta palabra del Señor – para quien quiera entenderla- es convocatoria urgente a una decidida voluntad de conquistar la paz, de construir la paz, de crear la paz. La paz no se da, y mucho menos se impone. Nadie puede decir: la paz es mía, la hago yo y la disfrutan los otros. La paz se realiza mediante un esfuerzo continuo que pone en cuarentena las falsas paces que los poderosos tratan de hacer pasar por verdadera paz. Orden no es paz. La paz implica una mayor estabilidad en todos los órdenes humanos y sociales.
“Gloría a Dios en el cielo”. “Y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.
Dios mismo despertó en el hombre un deseo de paz. Vivir en la tierra la paz es una realidad. Es la voluntad de Dios para con el hombre. Pero no se trata de una paz rotulada con letras de molde elegante; firmada entre arenas del desierto con plumas bañadas en tintas de sangre; vigilada con el radar y los cañones, protegida de alambre y trincheras; vestida de frac y medallas.
La paz de Cristo exige conformación del corazón del hombre y de las estructuras de la sociedad con la palabra del evangelio.
Se trata de la paz manuscrita, de todos los días en el quehacer del trabajo, del día a día de lo interno de la familia, de las buenas relaciones humanas de la sociedad, de los tratados internacionales que subscriben la paz pensando buenamente en los sectores más necesitados. La paz que extiende su mano de amigo abierta y sincera, la que acerca la otra mejilla al que ayer era un enemigo imperdonable.
La paz de Cristo, es la paz que llora y no pide venganza del asesino; la que traza el nudo en anillos de boda o la que en el silencio del aún no nacido exige respeto.
La paz es posible. Una paz en el interior de cada uno y una paz en las relaciones sociales que no se ajuste a las exigencias de justicia, de fraternidad, de apertura al otro y de aceptación del otro, de la idolatría del poder, del tener y del sensualismo y la vida fácil no es la paz de Cristo, por muchas que sean las invocaciones – privadas o públicas- a la confesión cristiana.
Todo el despliegue religioso de cada sociedad o de cada persona puede tener su justificación según los tiempos de cada época, pero existen elementos indispensables, sin cuya afirmación no hay lugar a calificarse de creyentes en Jesús de Nazaret.
Dar la buena noticia a los que sufren, vendar los corazones desgarrados, proclamar el año de gracia a los cautivos y la libertad a los encarcelados, es el profundo contenido de la paz de Cristo. Sin el cumplimiento de estas exigencias indispensables, toda otra manifestación religiosa es barroquismo y hasta alienación, por no decir manipulación de lo religioso con la finalidad de apaciguar la buena conciencia.
Seremos dichosos en la medida que el proyecto de paz, anunciado, encarnado y testificado por Cristo encuentre un eco profundo en nuestros corazones.
Esforcémonos en el nuevo año por ser constructores y portadores de la paz de Cristo en todos los ambientes de nuestra actual sociedad.

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda

María, criatura amada por Dios. Pbro. Yván Rodríguez

María, criatura amada por Dios
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
En la historia de la salvación, la Virgen María tiene un especial relieve. A la vez, la Virgen María forma parte de la historia y de la vida de la Iglesia.
Hija del antiguo Israel, María es, al mismo tiempo, hija primogénita y madre de la Iglesia. Hija y Madre de Dios. Hija mayor. Ama y señora.
María es fruto primero de salvación, el primer sarmiento injertado en Cristo y primer miembro de su Cuerpo Místico.
Madre de la Iglesia, por que fue predestinada desde la eternidad para ser madre especialmente escogida de aquel que tenía que alimentar la vida de la Iglesia.
A través de María llega la salvación a los hombres. Es a través de ella como llega hasta la humanidad, como un torrente de luz, la salvación primera prometida por Dios desde el principio del mundo. La Virgen María, es la primera de los redimidos y, al mismo tiempo, madre de los redimidos. Es madre del Salvador por derecho propio, la madre de los salvados, de los redimidos, y no sólo porque engendró al Salvador, sino por que fielmente colaboró íntimamente con El apoyándose en la obra de la salvación.
Unida plenamente a su Hijo, , el más pequeño de sus actos tiene un valor salvífico evidente, y el servicio que le hace de madre se extiende a todos los que creen en Él. Al pie de la cruz, y esperando la venida del Espíritu en el cenáculo, se revela como madre de la Iglesia. Reina de los apóstoles. Unida a la Iglesia, es su imagen viviente, esplendorosa en orden a la fe, a la caridad y a la unión con Cristo.
María nunca perdió la fe en el Hijo. María era un fuego portador de fuego. Vivía del pan de la fe, a pesar de todos los contratiempos de la historia. Es la fe de la Iglesia, que nos viene de la madre como un río de sangre. María es también modelo y meta del amor. Amó a Dios sin medida. Y la Iglesia se nutre del amor de esta madre única. Leche espiritual que alimenta al Cuerpo Místico, cuya cabeza es Cristo.
María la llena de gracia, se dio toda y del todo a la persona y obra de su Hijo. Y con el mismo amor que se entregara en servicio al Hijo se da, a la vez, en bien a la humanidad.
Más que estancarse y aislarse en el amor, lo despliega como una cascada de luz y lo difunde en la Iglesia a través del tiempo y el espacio.
Abstraída en la contemplación del misterio de Dios, lo le impide difundir la riqueza de este amor contemplativo hacia el prójimo. Ahí está María, presurosa camino a la montaña, para ayudar a su prima Isabel. Es el primer acto de amor. Es el primer acto de servicio. Es el gesto de poner a los otros en primer lugar, sin fijarse en la comodidad que se pierde o en la inquietud personal que no se tiene. María conoce muy bien lo que necesita el hombre. Dios se da a María como Hijo, y ella se da al Hijo como sierva, servidora. Y servidora, a la vez del prójimo.
María nos acepta como somos, con nuestra cara y nuestra cruz. Luego nos invita a purificarnos, a divinizarnos, a mirar horizontes de plenitud. María esta en nuestra historia cada día, junto a nuestra marginación, injusticia, violencia y odio. Sin embargo, solo ella es la que acoge a sus hijos con auténtico corazón de Madre.

MANIPULACIÓN DE EMBRIONES. Pbro.Yván Rodríguez

MANIPULACIÓN DE EMBRIONES

Con frecuencia, demostramos nuestra capacidad de asombro al escuchar o leer casi a diario a, través de los medios de comunicación social, la condena a muerte de un ser humano. Nos impresiona el saber que una persona, aunque haya sido el peor de los criminales, va a ser ejecutado. Sin embargo, nos parece “normal” que en algunos países de la llamada Unión Europea y en otros países, se haya determinado abiertamente que los embriones congelados sean condenados a muerte. Ya diversos laboratorios, de reconocida marca comercial a nivel mundial, gozan del llamado permiso “legal” para desarrollar según el uso que se les quiera dar, el poderlos cultivar por un tiempo determinado en una probeta. Cuando tengan el tamaño que permita utilizar con provecho sus células estaminales, serán condenados, ejecutados y comercializados a muerte aquellos que consideren embriones de desecho.
La medicina y la ciencia, “dicen”, avanzan vertiginosamente en nuestra actualidad gracia a estos experimentos. Hasta se llega a la afirmación severa, de que en pocos años podrán ser curadas graves enfermedades degenerativas. Otros, por su parte, han dado públicamente gracias a los padres “donadores” de embriones por su acción generosa, por contribuir al bien de la humanidad, al progreso científico técnico de la ingeniería genética.
Ante éste panorama, una verdad sea dicha: “El que guarda silencio y no puede defenderse, el más inocente en toda ésta historia, muere”. Cada, uno de los embriones que será utilizado por laboratorios de alto nivel, dejará de existir, terminará su vida, porque así otros lo han decidido. Toda su existencia, se ha circunscrito a un entorno de injusticias. Primero, por haber sido concebido en un ambiente antinatural, fuera del seno materno. Segundo, por haber sido concebido siempre como “sobrante”, como alguien que valía “por si acaso” como material de emergencia. Tercero, porque fue, congelado a unas temperaturas sumamente bajas y perjudiciales a su supervivencia, dejando al criterio de lo que otros (papás, científicos, laboratorios o empresas comercializadoras) decidiesen sobre su nefasto futuro.
Nunca faltarán voces, que sacarán partido de estos momentos trágicos, para acentuar su crítica destructiva a los defensores de la vida humana y al respeto inalienable de todo ser humano en su total desarrollo. Siempre nos acusarán de ser enemigos de la ciencia y la experimentación. Nos declararán como aquellos que hemos impedido que miles y millones de enfermos alcancen su sanación. Es más, nos despreciarán como Iglesia, simplemente por afirmar que todo embrión humano amerita respeto simplemente por ser lo que es: un ser humano. Es más, algunos de los que abiertamente promueven el relativismo moral y la indolencia ante el valor de la vida, nos estrujarán su opinión lasciva, diciendo que para qué tanto escándalo por la defensa de los embriones congelados, si ya el aborto en algunos países es una realidad aceptada por muchos y amparada por entes gubernamentales. Ciertamente hemos llegado muy lejos, a un exacerbado desprecio del valor de la vida y la admisión de un avance de una ciencia sin conciencia, que fácilmente conduce a una derogación del valor inalienable de la dignidad de la persona desde su concepción hasta su último acto humano, que es la muerte.
Entre una de las medidas urgentes, en las que se encuentran miles de embriones congelados, lo indicado es la prohibición de cualquier técnica de reproducción artificial extracorpórea.
La declaración actual de la condena a muerte de los embriones congelados, es un momento triste para la humanidad, en su marcha hacia la cultura de la muerte, hacia el desprecio de la vida de unos para favorecer la vida de otros privilegiados. Ciertamente es una coyuntura triste para la humanidad tal panorama. Pero, sin embargo, es un “Kairós”, en el que no sólo bastan las lágrimas y los lamentos. Nos ha llegado la hora de que, como creyentes en el Dios de la Vida, tengamos gestos heroicos, voluntades firmes, para hacer algo por defender las vidas inocentes, para salvar a la ciencia con una dosis de ética, con una dosis de amor, que es el origen de la vida.
Pbro.Lic. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Operario Diocesano

LA IGLESIA SE CONSTRUYE DÍA A DÍA. Pbro. Yván Rodríguez

LA IGLESIA SE CONSTRUYE DÍA A DÍA

La Iglesia, a través de los siglos, es futuro.
Cristo dijo a los suyos que por el modo en que se amasen mutuamente comprendería el mundo que Él era el enviado del Padre.
Un cierto espiritualismo todavía vivo se extasía frente a la santidad invisible de la Iglesia, exalta el amor invisible de la Iglesia, celebra la libertad invisible con la que Cristo nos ha hecho libres y da muestras de no preocuparse demasiado del hecho que, en el plano visible, no es siempre verdad que los cristianos seamos moralmente mejores que los demás, que estemos más unidos por vínculos de solidaridad, que respetemos y garanticemos entre nosotros la libertad.
Aquí es donde se decide la autenticidad de la Iglesia como signo.
Día tras día, la Iglesia, para los cristianos, se construye, se vive.
Ella es el sufrimiento de los hombres que conseguimos vivir plenamente nuestra fe.
Ella es el grito de los profetas que gritan a los cuatro vientos el gozoso mensaje del evangelio, la infinita misericordia del Padre, la incesante llamada del amor.
Ella es caída y fracaso porque es humana, con todo el peso del egoísmo y del orgullo de los hombres.
Ella es el maravilloso aliento de generosidad, de gratuidad y de don hasta la muerte a veces, porque es divina y nacida al pie de la cruz.
El designio de Dios se cumple con la intervención de Cristo, que liberó al mundo del pecado y le comunicó, de una vez para siempre, el propósito del Padre, que si no hubiese sido por Él habría quedado oculto en la perversión de la carne y de la sangre.
La Iglesia cumple la obra de Cristo – es su instrumento – redimido y restaurado. Al habérsele confiado la palabra de Cristo, la Iglesia tiene una doble función: la de juzgar al mundo y la de anunciar el propósito eterno del Padre.
El mundo es juzgado; la palabra de Cristo ha disuelto las tinieblas, ha denunciado su incapacidad, su idolatría.
Nadie puede juzgar a la Iglesia si él mismo no es artesano de su futuro. Nadie puede, desde fuera, hacer la lista de los defectos y desviaciones si él mismo no se compromete hacerlos desaparecer.
Por todos aquellos que, día tras día, dan de su tiempo, de su fuerza, de su vida para que, desde el interior, el amor progrese en el seno de la Iglesia, todas las críticas, a menudo justificadas, parezcan irrisorias al lado de lo esencial: vivir el amor, este amor que procede de su fuente, de la plegaria personal y litúrgica.
Pero el amor no se hace con publicidad; él afecta al secreto de los corazones y de los hogares. El amor es obra de paciencia, de perseverancia, de fidelidad, en un mundo de eficacia, de rendimiento y de velocidad. El amor, en fin, es obra comunitaria en un mundo más y más individualizado.
Más allá de todos los límites humanos y de todas sus debilidades, la Iglesia es indispensable para todos los cristianos, precisamente porque este amor es imposible vivirlo sólo.
Es porque día tras día, la Iglesia crea y construye desde el interior, sin dejarse ganar nunca por el desánimo ni la falsa tentación de cabalgar sola. En cuanto sacramento, no tiene otro fin que la humanidad.
Es voluntad de Dios que la zanja que separa la Iglesia y la humanidad sea colmada y se colme del único modo auténtico, siendo la Iglesia más profundamente fiel a sí misma – sacramento de salvación-, que se construye cada día.

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda

LA FUERZA VIVA DEL EVANGELIO. P. Yván Rodríguez

LA FUERZA VIVA DEL EVANGELIO
La proclamación de la palabra de Dios a los hombres, como palabra nueva y promotora de auténticos valores humanos y evangélicos, es lo que pide a gritos la necesidad actual del hombre y sus circunstancias en las que le toca desarrollarse.
No se trata de repetir únicamente la noticia que nos trasmitieron los contemporáneos de Jesús en un mundo muy distinto del nuestro. Se trata de ser rostro viviente de Dios en medio de los hombres.
Dios continúa manifestando su buena noticia, hablando, haciéndose tangible a través del rostro de los hombres. Se nos ha confiado una tarea a todos los hombres: Ser hombres que propiciemos en medio del mundo el encuentro con Dios. Dios toca a los hombres a través de rostros humanos.
La evangelización, ¿ se dirige hacia el cielo o hacia la tierra?.
No es posible hacer dicotomías. No hay un cuerpo ni un alma como dos entidades separadas. No existe un cielo de evasión feliz, ni una tierra de penitencia obligada. Cielo y tierra están unidos estrechamente, del mismo modo que el hombre es algo integrado, complemento, donde el espíritu y la materia se compenetran.
Es la hora del hombre. Es el compromiso con el hombre. Cristo, el resucitado, vive en los hombres que sufren, gimen; es peregrino y explotado en los hombres; sumido en la ignorancia, inconsciencia y vicio; quiere resucitar también para ellos, sirviéndose de la presencia activa del hombre cristiano.
La palabra de Dios posee la característica de interpelar e inquietar la conciencia del hombre. La buena noticia que comunicó Jesús, como portavoz y palabra de Dios, no fue al extraterrestre, sino que afecto a los hombres concretos de ayer y debe afectar a los hombres concretos de hoy.
Nuestro modelo es y será Jesús de Nazaret: con su anuncio del reino de los cielos y con el rechazo a las injusticias de su tiempo, con su lucha contra el conformismo socio-político-religioso y como líder espiritual de los primeros al poner todo en común. Esto revela claramente que el amor y la justicia que debe predicar el cristiano no es evasionista.
Estamos en un mundo que necesita un amor más profundo y eficaz que un amor artesanal, propio de una sociedad sin medios técnicos. En un mundo industrial y técnico, el evangelio pide un amor más profundo y más amplio: el amor que cambia las estructuras injustas.
El hombre vive hoy carcomido por el afán de lucro, el deseo de consumir cuantitativamente, la lucha centrada en el egoísmo, la competencia despiadada, el materialismo inmediato y egocéntrico. La sociedad de consumo ha producido estos abominables movimientos humanos.
Por eso evangelizar es esforzarse por conseguir un hombre solidario, por medio de una educación de motivaciones sociales y por la implantación de unas estructuras favorecedoras de una comunidad radicalmente fraterna.
Así se manifestará el gozo que predicó Jesús de Nazaret: iniciación de los cielos nuevos y la nueva tierra, que se cumplirán al final de los tiempos, pero que podemos empezar a construir decididamente aquí y ahora, construcción que debe ser nuestro empeño mejor de un evangelio encarnado.
Reencontrar profundamente el Evangelio y mantener muy abiertos los ojos a la actualidad, son fuerzas que ayudarán al nacimiento de la Iglesia testigo del amor, reconciliado y reconciliador.
El Evangelio vivido, es portador de amor que es capaz de cambiar las estructuras injustas.
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda

¿FARISEOS O PUBLICANOS?. P. Yván Rodríguez

¿FARISEOS O PUBLICANOS?
Lc. 18, 9-14
Al meditar la parábola del fariseo y el publicano, parece oportuno razonar un poco en cuanto a nuestras actitudes de fe y obras, sólo una pregunta puede orientarnos a tal reflexión: ¿Y nosotros que somos? ¿Fariseos o publicanos?
El fariseo es un hombre contento de sí mismo. Se apoya en cierto número de prácticas cuidadosamente observadas y con ellas está seguro de su valía y de su salvación. Va a misa todos los domingos; se confiesa y comulga según lo mandado; procura guardar abstinencia los días preceptuados. Cristo había querido una religión en espíritu y en verdad, con un mandamiento: Amar; el fariseo la ha reducido a unas cuantas obligaciones, gracias a las cuales puede sentirse satisfecho de estar en regla. Está en paz con Dios, lo mismo que con sus acreedores, con el recaudador de contribuciones y con el guardia de circulación. Posee la verdad y se sirve de ella para juzgar a los demás, en vez de utilizarla para juzgarse a sí mismo. No se considera un pecador. ¡Y se extraña de ver que los demás sí lo son!
Y mientras estamos describiendo al fariseo al fariseo, todos los no practicantes, los tibios, los orgullosos se frotan las manos de gusto. Y se dicen para sus adentros: “Yo soy el publicano. Yo no soy como ese individuo de que se está hablando. Yo no voy a misa, ni comulgo, ni me confieso jamás; yo no soy peor, ni mucho menos, que todos esos cristianos que se ponen en evidencia”.
¡No está mal! Al hablar de ese modo – aunque no se den cuenta de ello – se denuncian a sí mismos como los peores fariseos: se alaban a sí mismos, están contentos de sí, ¡también ellos dan gracias por no ser como los demás! Dicen que son los últimos, pero es para poder considerarse como los primeros. Se humillan, pero es precisamente para poderse vanagloriar.
El verdadero publicano quizás sea aquel que al oír esta descripción se ha dicho: ¡Ese soy yo! ¡Yo soy un fariseo! Es el que sabe que no vale para nada, que estropea todo lo que toca, que tiene necesidad de Cristo sólo para practicar el bien, sino incluso para evitar las peores faltas. Tiene confianza en Cristo, acepta esos medios humildes, que son la confesión, la eucaristía, porque Cristo se los aconseja. Llega hasta el punto de aceptarse a verse mezclado con los fariseos y de rezar por ellos, sin juzgarlos.
Da gusto a Dios aquel que no atribuye a su propio mérito las buenas disposiciones que tiene, sino depende enteramente de la misericordia de Dios; aquel que sabe que, por naturaleza, es un pecador, un publicano, un fariseo, pero que al propio tiempo está seguro de que su salvador es tan bueno y tan poderoso que puede hacer de él, sencillamente, un hijo suyo.
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Sacerdote Operario Diocesano

EL PERDÓN Y LA RECONCILIACIÓN

EL PERDÓN Y LA RECONCILIACIÓN



Amar es también perdonar: Quien dice que Ama a Dios y aborrece a su hermano es un mentiroso; eso nos lo recuerda el Apóstol San Juan en las páginas del Evangelio. Sencillamente podemos decir que quien es capaz de Amar es capaz también de perdonar.
San Juan nos define a Dios como Amor y por tanto toda acción de Dios se traduce en Amor y perdón.
Si nos remitimos a las páginas del Génesis constatamos que el hombre ha sido creado desde el Amor de Dios y para su reflejar ese Amor. El gesto más claro del Amor de Dios al hombre esta en la complacencia que el mismo Dios expresa al crear al hombre. Es más el Dios bueno de Amor piensa en el desarrollo integral, social del hombre y comenta al verle creado : No es bueno que el hombre esté sólo…( Ge. 2,18). Desde el principio vemos que el hombre está creado por Dios para la convivencia y el compartir, es decir para la comunión de bienes, talentos. Dios destierra desde el acto creador la soledad y el encierro del hombre en sí mismo.
Lamentablemente si pasamos una mirada en nuestra condición de hombres, podemos decir que existen algunas actitudes que parecen afirmar que el hombre creado desde el Amor de Dios, como que no es capaz de Amar por la incidencia que el pecado deja en la vivencia de la fraternidad.

El perdón una acción real de Cristo y un imperativo en la vida del cristiano:
Si fijamos nuestra mente y meditamos los distintos pasajes de la sagrada escritura, específicamente los del nuevo testamento en los cuales Cristo expresa el perdón a los pecadores, no nos queda otra cosa que reafirmar que el perdón en la acción evangelizadora de Cristo es una realidad vivida en la práctica y expresada desde el Amor del Padre. En todos los pasajes del Evangelio, comprobamos que él no se desentiende del que pide el perdón, sino que se implica y aplica la misericordia del Padre. No he venido a salvar al justo, sino al pecador para que se arrepienta y viva.
El perdón como realidad de la acción de Cristo, se desprende de la acción misericordiosa del Padre, la acción de Cristo encarnan y reflejan esa expresión que se pronuncia en la oración del Padrenuestro: Perdónanos nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
El mérito del nuestro perdón a los hermanos no es sólo un alivio psicológico ante el conflicto humano, sino que cada vez que practicamos el perdón sumamos a nuestra santificación personal. Bien lo ha dicho el Señor: Porque si somos capaces de perdonar a los demás sus culpas, también nuestro Padre del cielo nos perdonará. Por tanto el hombre es objeto y sujeto del Amor y el Perdón de Dios. De una forma consciente e inteligente, así nos lo recuerda el Concilio Vaticano II : “ El hombre es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por si misma, es más el hombre no puede encontrar su propia plenitud, sino es en la entrega sincera de si misma y a los demás”. ( G.S. 24). Esta afirmación del Concilio V. II; nos reafirma que el cristianismo tiene su fundamentación en el Amor a Dios y al prójimo.
La verdad más profunda de nuestra condición de cristianos la podemos sintetizar en que lleguemos por Amor a Dios; con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón, con todo nuestro ser, con toda nuestra vida…. Y al prójimo como a nosotros mismos. El Amor que profesamos a Dios es un Amor compartido y colectivo. No un amor exclusivo y excluyente.
Experimentar el Amor _perdón de Dios es un Amor verdadero, el cual nos hace más humanos, más sensibles a la necesidad y miseria humana. El reflejo del Amor de Dios es el que nos identifica como cristiano y nos eleva a la dignidad de hijos de Dios. Amar como Dios nos Ama, no es para nosotros una alternativa en nuestra vivencia cristiana, sino un imperativo de lo constituyente de nuestra realidad como cristiano. No Amo por que simplemente quiero, sino que Amo por que Dios nos ha amado primero. Y llegar amar hasta los que me hacen el mal.
En la vivencia de la sociedad y el mundo actual, nos demuestra una realidad: La sociedad y el mundo se hace cada vez más un espacio donde escasea el Amor y la posibilidad del perdón a los hermanos. El hombre actual, el posmoderno como nosotros sólo quiere un amor de conveniencia y complacencia, al igual que un perdón psicológico y de trueque ante el que le pueda convenir. Mientras el hombre no cambie su modo de amar por auténtico Amor y Perdón del Dios Misericordioso, seguirá en el engaño, la frustración y la ambigüedad conductual que le conduce al vacío existencial, la frustración personal y comunitaria así como a la mera búsqueda de si mismo y lejanía del Dios único y verdadero. Sin declararnos existencialistas ateos, los hombres de hoy con nuestras actitudes ante los demás como que reafirmamos que el Amor ha muerto, le hacemos publicidad a Federico Nichtz, es más en nuestros ambientes encarnamos, declaramos que el Amor ha muerto. Dando una mirada rápida a la vida de la sociedad, somos indolentes ante la miseria humana, en la familias el no perdonarse los errores humanos ha causado la división eterna de familias enteras, el odio entre los hermanos ha conducido a un sin fin de huérfanos ambulantes en nuestras calles, en fin debemos volver a las fuentes del Amor del padre para cumplir con el mandamiento de la recreación de nuestra sociedad.
Al estar ausente el Amor, lo que abunda es la violencia, la ira y el odio desenfrenado en todas las formas de expresión. Es más me atrevo a decir que nos hemos disfrazado de corderos con pieles de lobo, en algunas oportunidades simulamos de un modo perfecto nuestra intención desviada y destructora. Y mientras persistan estás actitudes entre nosotros los cristianos, cómo nos van a creer acerca del Amor de Dios, sino sólo somos una caricatura de su amor.
Cuando nos introducimos en la terapia cristiana del Amor, existe una condición esencial en su proceso: Olvidar la ofensa , la injuria, la violencia… Es más llegar a la propiciación kenótica ( de abajamiento) de nuestros temperamentos y falsas excusas a la luz de la Pasión de Cristo, como norte orientador del Amor pleno.
El perdón máxima expresión del Amor:
Ante el predominio humano del odio y la venganza, el don o regalo del perdón necesariamente hay que suplicarlo a Dios, es decir no vale decir que hemos disculpado al hermano, si aún en nuestro corazón quedan los resquemores humanos de la ofensa.Bien claro nos lo recuerda el Señor: “ Si al presentar tu ofrenda ves que estas peliado con tu hermano, deja allí tu ofrenda y ve a reconciliarte primero con él, no sea que te entregue al alguacil y el alguacil al juez y te vez en problemas”.. Dios no quiere un culto vacío, lejano a la incidencia plena de lo humano. Dios quiere que le amemos en espíritu y verdad.
Es por tanto que el perdón posibilita nuestras vidas, es más contiene una fuerza generadora y creadora; cada vez que perdono experimento el perdón mismo de Dios. El perdón me da vida y posibilita la paz. En todo lo largo de nuestra vida deberíamos tener como jaculatoria existencial: “ Señor hazme capaz de perdonar, y devuélveme tu alegría y la paz”.




El perdón es una fuerza creadora y generosa:
En la práctica del perdón y la reconciliación nuestra naturaleza humana se ve recreada, al perdonar y reconciliarnos se nos devuelve la vida y la paz. El ser criaturas nuevas es revestirnos de la nueva condición de hijos de Dios, con la dignidad hijos auténticos reconocidos ante el Padre.
El perdonarnos unos a otros debería ser el ideal de la existencia humana. Es decir, lo peculiar del cristiano auténtico se debería moverse por el trinomio fundamental de Amor_ Perdón_ Reconciliación.
Teniendo a Cristo como expresión del perdón humano y divino, vemos en él encarnado el Perdón más grande ante el mayor mal existente. ¿Será que nos somos capaces de perdonar porque hemos perdido el norte orientador de Cristo como fuente del perdón y la reconciliación?. Es más me atrevo a decir que sino somos capaces de dar una vuelta completa a nuestra vida al ser de Cristo nunca vamos a experimentar el auténtico sabor humano y espiritual del perdón y la reconciliación… ¿ Será más grande el dolor que nos causa la ofuscación con el hermano, que el Amor y el perdón de Dios?. No nos queda otra cosa que decir que perdono por que simplemente soy cristiano. Y llamarse cristiano es ser otro Cristo, nos dice Tertuliano.
Siendo estrictos en el cumplimiento del evangelio, el perdón y la reconciliación es para siempre en la vida del cristiano: ¿ Señor cuántas veces tengo que perdonar?: 70 veces siete, es decir para siempre y punto. ( Mt.18,21_22). La respuesta del Señor no es ambigua, opcional o electiva, es radical… para siempre. Su respuesta es una invitación a dejar siempre la puerta abierta para los demás: la puerta del perdón en nuestro corazón a la miseria humana y confusión de los demás.

El perdón y la reconciliación: Acción viva y expresa en la Iglesia y la vida sacramental:
La eucaristía es una catequesis práctica de la acción vivida desde el perdón. Traigamos a la memoria aquella cena del Amor, en la que el Señor pese a su dolor, y hasta confusión de lo humano, coloca por encima el don del perdón; instituye el sacramento del Amor y la Eucaristía como prenda perpetua del Amor. Quien ante la angustia de la afronta humana, es capaz de regalar…. Sólo Cristo. Y la Eucaristía fue eso un regalo de Amor y de perdón ante la injuria, la soledad y el olvido de lo humano.
En dos palabras podemos decir que la Eucaristía es Dios con los hombres y los hombres con Dios.
En la acción de la Iglesia, así como lo ha definido el Concilio Vaticano II, la Iglesia como sacramento de salvación, y en ella la celebración de la Eucaristía no es una comida puros, sino de los necesitados de purificación. En la participación de cada Eucaristía experimentamos la necesidad de Dios, por que sólo él puede purificarnos. Sencillamente necesitamos el perdón y la reconciliación que dimanan de la Eucaristía para crecer en Santidad.
La súplica del perdón en la Eucaristía:
En el ordinario de la misa existen distintas formulas de saludo del sacerdote al pueblo al iniciar la Eucaristía, entre ellos existe uno que reza así: La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor esté con todos ustedes”. Este saludo expresa la paz y la gracia, como expresión del perdón y la reconciliación, que en acto seguido se nos dará rito penitencial.
De igual modo en el acto penitencial, invocamos el perdón divino reconociendo nuestros pecados…vemos como el banquete Eucarístico no es un banquete de puros.. sino de necesitados de purificación. Ese acto de reconciliación es un acto de reflexión interior, que nos lanza a rehacernos desde el Amor de Dios.
En medio de la celebración eucarística, ya casi antes de acercarnos a la comunión sacramental, tenemos un acto de humildad y penitencia: “ Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.. Es el último gesto de reconciliación y necesidad de Dios que hacemos ante de acercarnos. Es más aún el sacerdote celebrante, después de la aclamación del Cordero de Dios y antes de la elevación y presentación del pan consagrado al pueblo, tiene una oración secreta que expresa el gesto humilde y necesitado de la asistencia de Dios, dicha oración reza así: “ Señor Jesucristo, la comunión de tu cuerpo y de tu sangre no sea para mi motivo de juicio y condenación, sino que, por tu piedad, me aproveche para la defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable”. Son palabras que expresan su necesidad de Dios, y humildad ante la fuente de la reconciliación y perdón perfecto.

La Eucaristía aparece como una catequesis continua sobre el perdón y al mismo tiempo una invitación a entrar en el misterio del Amor y Perdón en la vida diaria. El reto de crecimiento espiritual y expresión humana del perdón y la reconciliación lo tenemos en la expresión final de la Misa, podemos ir en paz , lo cual quiere decir seamos portadores del Amor que en la Eucaristía Sacramental hemos vivido.


Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda

EL BEATO MOSÉN SOL. P. Yván Rodríguez

EL BEATO MOSÉN SOL:
UN SOL QUE BRILLA ETERNAMENTE





El 25 de enero de 1.909, a la una de la tarde, murió el Beato Manuel Domingo y Sol, fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús. Un sacerdote insigne adornado por las virtudes y gracias sobrenaturales y humanas. Se distinguió por una audacia, que bien podemos describirla como un regalo constante de la asistencia continua de la acción del Espíritu Santo. Un modelo sacerdotal en el cual podemos constatar la estima del Sacerdocio de Cristo, la fidelidad a la Iglesia y la constante inspiración en buscar una respuesta a los retos pastorales de su tiempo.
Inquieto por la grandeza del ministerio sacerdotal, fue fiel a la Inspiración del Espíritu Santo, y fundó en 1893 la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Corazón de Jesús. Su idea era la de congregar un grupo de sacerdotes , que viviendo bajo el vínculo de la Caridad, se ocupasen del Amor a Jesús en la Eucaristía, el fomento, cuidado y sostenimiento de las vocaciones sacerdotales , religiosas y apostólicas, así como también del amor y guiatura de la juventud. En la fundación de la Hermandad, encuentra Don Manuel el medio más apropiado para extender poco a poco su interés por las vocaciones sacerdotales. En ellas encuentra la gran clave de la vigencia de su Obra: “La vocación es la llave de la cosecha”. Bien sabía él por donde apuntalar la Obra de la Hermandad, y con precisión acertó a perpetuarla y hacer brillar su carisma en el tiempo con el trabajo abnegado por las vocaciones sacerdotales, religiosas y apostólicas. Sabía bien que, de un buen clero, se obtendría una mejor vida de Iglesia.
La audacia y la vigencia del carisma de la Hermandad brillan en el tiempo con una luz propia, ya que durante los años de labor apostólica de la Hermandad en el mundo, ha dado respuesta a una opción por la formación sacerdotal y el trabajo en los seminarios. En cada plataforma pastoral, la Hermandad procura actualizar el deseo y espíritu del Fundador tratando de vocacionalizar sus encargos y retos pastorales. La búsqueda de un perfil sacerdotal correspondiente a la identidad propia del ministerio, la fidelidad a la Iglesia y la corresponsabilidad en la fraternidad sacerdotal, son sellos emblemáticos del talante sacerdotal de cada operario.
Hoy, al iniciar la celebración del centenario de la muerte del Beato Mosén Sol, sentimos la profunda alegría de su asistencia desde el cielo, de la actualidad de sus escritos y de la trascendencia eclesial de un carisma vigente a lo largo del tiempo. Un hombre que supo darse y desgastarse por la obra de Dios y su Iglesia; lo entregó todo a cambio de nada; vivió su sacerdocio con ansias constante de santidad y auténtico celo apostólico.
Al acercarnos a su espiritualidad Eucarística y reparadora, constatamos cómo Dios fue modelando en su corazón la Obra de la Hermandad. Agradar y servir a Dios fue la nota inspiradora de un hombre fiel al seguimiento de Cristo. Mosén Sol, hombre de un corazón grande, nutrido en la fuente de la Eucaristía y movido por el anhelo de grandeza en la extensión del Reino. Bien lo denominó el Papa Juan Pablo II en la homilía de su beatificación al titularlo como el .
Cien años que el Beato Mosén Sol ha estado intercediendo por la Hermandad y la Iglesia; cien años en los cuales su muerte ha sido esa semilla fecunda a lo largo de los continentes; cien años de centenares de sacerdotes formados bajo su estilo y celo por el sacerdocio. Un centenario de acción de gracias por la poderosa súplica del Beato a los pies de Dios. Hoy entendemos cómo Mosén Sol supo trabajar en la raíz del bien de la Iglesia, sabiendo descubrir la perla preciosa en su entrega pastoral. Bien lo decía él: “El Señor me ha dado a gustar consuelos y sinsabores en el ministerio. Pero de todo esto, el fomento de las vocaciones sacerdotales es lo que forma y formará mi gozo y mi corona”.
Dando inmensas gracias a Dios por el ejemplo de vida sacerdotal, la fidelidad ministerial y la entrega del Beato Mosén Sol al servicio de la Iglesia, hoy los operarios nos regocijamos de tenerlo como ejemplo de vida sacerdotal y un modelo preclaro de la grandeza de Dios plasmado en el tiempo y la eternidad. El sol que tuvo su ocaso aquel 25 de enero de 1.909, sigue brillando en la eternidad de la Iglesia y en la respuesta esperanzada de la Hermandad por seguir cultivando buen clero en la ancha y extensa parcela de la Iglesia. Bien sabía Mosén Sol donde estaría el mérito de su obra: en la eternidad.
La grandeza y entrega del Beato Mosén Sol están descritas en sus mismas palabras alentadoras en la entrega ministerial, el cual decía:
“No sabemos si estamos destinados a ser un río caudaloso que haga florecer a sus orillas jardines amenos, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida; pero más brillante o más humilde nuestra vocación es cierta: no estamos destinados a salvarnos solos”.



Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Sacerdote Operario Diocesano

El Paso de la Adoración al Amor Encarnado. P. Yván Rodríguez

El paso de la Adoración al Amor encarnado
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
El auténtico sentido de la Eucaristía se convierte de por si en escuela a amor activo al prójimo.
Fue precisamente en la celebración de la cena cuando el Señor nos dio el mandamiento nuevo del amor: “en esto conocerán que son mis discípulos: Si tenéis amor unos con otros”.
La contemplación del misterio de la Eucaristía nos descubre el amor inefable de Dios, en Cristo Jesús, hacia cada hombre. De este modo, un cristiano que tenga clara conciencia de la realidad y la significación de la Eucaristía ha de amar a los hermanos como les ama Jesucristo.
Los hombres, nuestros hermanos, están ahí. Están con hambre de pan, con hambre de verdad, con hambre de amor. Los hombres llaman a nuestra puerta: piden amor.
La Eucaristía demuestra qué valor tiene a los ojos de Dios todo hombre y cada hombre si Cristo se ofrece a sí mismo, bajo las especies de pan y de vino para todos los hombres.
Si nuestro culto es auténtico, debe hacer aumentar en nosotros la conciencia de la dignidad de todo hombre. La conciencia de esta dignidad se convierte en motivo más profundo de nuestra relación con el prójimo.
Adoración, contemplación y compañía. Tres pilares para alimentar la fe.
Adorar es mirar con amor. Mirar con amor a Jesucristo presente en la Eucaristía. Pequeñas cosas para una cosa grande. La adoración es un encuentro importante.
Tal vez no tengamos grandes ideas que elucubrar, pero si una gran cantidad de cansancio, aburrimiento o disgustos que descargar. En el gesto de adoradores, entregamos lo que tenemos. No son sobras. Son semillas a germinar, a florecer, a dar fruto.
La adoración, de casi una experiencia de desprendimiento y liberación interior, comienza a los pies de Jesús a convertirse verdaderamente en una renacer a la vida; un fondo nuevo y sólido del hombre es la elección definitiva de Dios y del prójimo.
El Señor Jesús, nos ha amado no de palabra, sino con obras, hasta morir por cada uno de los hombres.
La Eucaristía debe hacernos sensibles a todo sufrimiento y miseria humana, a toda injusticia y ofensa, buscando el modo de repararlos de manera eficaz.
Entonces podemos advertir que amar es difícil. Amar es morir crucificado por el otro.
Adorar a Jesús Eucaristía implica un amor efectivo, que significa respeto a la dignidad de la persona, promoción de la justicia social y de la paz.
Adorar a Jesús Eucaristía es el contraveneno de nuestra actual superficialidad e indiferencia, ante tantos hermanos que sufren la injusticia y la instigación de sus derechos y dignidades.
Procuremos, pasar de la adoración al amor encarnado en la presencia del prójimo, tú hermano.

Dios es nuestro Padre Bueno. P. Yván Rodríguez

DIOS NUESTRO PADRE BUENO

Es lo más fácil y quizás lo más difícil de comprender en el mensaje genuino del cristianismo. Esa “ Buena nueva” extraordinaria que nos trae Jesús, esa revelación tan esperada por la humanidad entera que suscitaría un odio a muerte a su persona y el desprecio de sus contemporáneos. Toda la síntesis de una predicación de tres años, la podríamos resumir en pocas palabras: “Dios nuestro Padre es bueno”.

La primera manifestación pública de Jesús que nos trasmiten los Evangelios, la del adolescente Jesús encontrado en el templo, nos habla del Padre. En los últimos momentos, clavado en una cruz de madera, cuando su vida terrenal está llegando al final, la palabra Padre surge de sus labios resecos y ensangrentados, una y otra vez. Entre aquel primer momento y ese último, muchos años de paciente enseñanza de una sola lección: Dios, Padre Bueno.

Esa bondad de nuestro Padre que nos predica Jesús no es una bondad genérica, o una bondad más o menos indefinida, sino una bondad sublime, exquisita, refinada, más allá de toda medida. De ahí que al emplear en sus parábolas los ejemplos de la vida diaria, se ve obligado a rectificar al concluir su explicación: “ si vosotros…cuánto más nuestro Padre”. Este sentimiento profundo de bondad de nuestro Padre, no es algo que ha de quedar en lo escondido de nuestro corazón para saborearlo a solas en los momentos de oración y diálogo con El; sino que lo debemos trasparentar también en cada instante de nuestro diario existir.

El sentimiento de estar en cada momento bien apretados, entre los brazos dulces de nuestro Padre bueno, trasciende a nuestro estilo de oración de súplica. No podemos decir a nuestro Padre cuando estamos enfermos, que nos cure. ¿ Que sabemos nosotros si, en ese momento, la salud es un bien o un mal para nosotros?. El que es nuestro Padre Bueno y es Dios, lo sabe perfectamente. Digámosle como las hermanas de Lázaro “Padre el que tu amas, está enfermo. Y saboreemos muy íntimamente la palabra Padre. O imitemos a la Santísima Virgen en las bodas de Caná. “Padre, estoy en un apuro, se me acabó el vino y no tengo más para ofrecer a los invitados”. Con esta sola expresión, estoy reconociéndome en sus manos y estoy confesándole que sé que es mi Padre bueno y que yo soy su hijo muy amado.

El ejemplo de los dos hermanos de la parábola del hijo prodigo, mediante lo cual Jesús nos da ha entender que los dos son preferidos, del padre. Sólo la fe, y con ella el sentimiento de esa infinita bondad del Padre bueno, nos hace siempre meditar que somos preferidos del Padre, al mismo tiempo que el hermano que está a mi lado también es el preferido del mismo Padre, y hasta el pobre sidoso que quizás arrastra su pena por las barrios de la ciudad, es también el preferido, el “mimado” del Padre Bueno. Aquí sí que tenemos que confesar que la inmensidad del amor divino desborda nuestra capacidad intelectual humana. Con la ayuda de Dios debemos pedir siempre que nos haga entender lo suficiente su inmensa bondad.

Muchas veces me he detenido a reflexionar sobre la oración del Padrenuestro. La primera parte siempre me ha parecido un modelo en su expresión de los deseos de un hijo muy bien amado hacia su Padre Bueno. Que sea respetado por todo el mundo, que todos los hombres lo conozcan, le honren y le obedezcan. Son los sentimientos más normales de un buen hijo para con su padre. Hasta el punto de que llego a pensar que algo nos falla en la traducción de la lengua original y que quizás un matiz optativo o de expresión de deseo y no de petición, ha quedado traspapelado en las sucesivas traducciones y no ha pasado suficientemente subrayado en nuestras lenguas. Yo puedo pedir a mi Padre Bueno que no me deje morir de hambre. Le puedo expresar mi deseo de no morir de hambre, de que me perdone, de que me enseñe a perdonar a los demás, pero pedírselo me parece contrario a todo lo sublime y maravilloso sin medida que siento de su bondad de Padre. Si yo soy su hijo predilecto, si el es mi Padre Bueno, ¿ no le ofenderá que yo se lo pida?. Vuelvo a pensar en la criatura que bien apretada en los brazos de su madre siente la ternura más indescriptible.

En el Evangelio hay otro texto que me hace pensar en la bondad del Padre. Hemos escuchado que el Señor Jesús nos dijo: “Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá”. ¿Qué debemos entender cuando Jesús nos dice que pidamos y que golpeemos a la puerta para que nos abran?. Simplemente que volvamos a la oración del hijo predilecto que pone la confianza en la bondad del Padre. Quisiera expresar el amor a Dios Padre Bueno junto a las palabras del Cardenal Carlo María Martini

OH PADRE BUENO

Te adoramos y te glorificamos,
Padre omnipotente, rico en gracia y misericordia.
Te pedimos conocer y comprender a tu Hijo Jesús como Mesías,
Hijo de David, heredero de tu trono,
Rey de Reyes, Señor de los Señores,
Así como poderlo amar y adorar como Dios
Y seguirlo como el Salvador de la humanidad.
Haz que fijemos nuestros ojos en El
Y lo contemplemos,
Para poder conocerte entenderte a Ti,
Oh Padre amadísimo y justo, y el amor con que has amado al mundo desde el principio, amor que se dirige a todos los hombres de la tierra y envuelve también nuestra misión.
Te pedimos oh Padre, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor, en la unidad del Espíritu Santo.
Amén.

Anunciar la esperanza con esperanza. Padre Angel Yvan Rodríguez

ANUNCIAR LA ESPERANZA CON ESPERANZA
El cristiano es el hombre de la esperanza.
La esperanza que es capaz de mover y colmar de gozo los anhelos de los hombres de nuestro tiempo.
La esperanza que es Dios manifestado en Jesucristo.
¿Por qué el contagio de tanta desesperanza?. ¿ No será porque nuestra fe lo es sólo de nombre?. ¿Cómo vamos hacer testigos de Dios salvador, si buscamos una salvación meramente temporal y encerrada en el progreso material?. ¿ Cómo vamos a comunicar a los hombres el gozo de nuestra esperanza, si vivimos tristes en la desesperación práctica y en la angustia sin horizontes?.
El cristiano debe ser un auténtico generador de esperanza.
La esperanza del cristiano debe ser de esa costosa y trabajadora. No de la que brota de mundos fantasiosos o de los sueños alienantes.
Una esperanza que tendrá un doble aspecto. Un aspecto místico, que tanta falta nos hace hoy, y un aspecto político, que supone una solidaridad activa con los luchadores que se enfrentan con la situación actual, tan llena de contradicciones, rencores y divisiones.
Vivir la auténtica esperanza cristiana bajo la presión del contexto actual, resulta un combate dura, largo y hasta doloroso pero, jamás imposible. Es dura la esperanza cuando se ama sin reservarse nada. Es duro estrechar una mano sin querer retenerla. Es duro no ser nada para sí y ser todo para los demás. Es duro ir delante de los demás sin que nadie vaya jamás delante de uno. Es duro dar y sembrar esperanza estando desesperanzado. Es duro vivir en cristiano la virtud genuina de la esperanza.
El cristiano no puede ignorar ningún valor auténtico en su vivencia de compromiso para con Cristo. Para ser testigo de Jesucristo, el cristiano debe caminar por este mundo en actitud de solidaridad y servicio. El llamarnos cristianos, nos obliga a no despreciar ni ignorar ningún valor auténtico de la radicalidad evangélica. Bien nos lo recuerda el libro del Apocalipsis: “ O eres frio o caliente, al tibio lo vomito”. La fe cristiana no suplante los valores temporales, sino que los purifica y ennoblece por discernimiento.
Todos los cristianos actuales, somos los protagonistas de actual historia, la cual es también historia de Salvación. Ante tal realidad, es importante que hagamos un examen de conciencia, acerca de nuestras inhibiciones, indiferencias, egoísmos, insolidaridades o involuciones. Todo cristiano debe hacer este examen desde la fe que alimenta compromiso y su andadura en la Iglesia. Desde el imperativo de engendrar un hombre nuevo y de ofrecer una auténtica alternativa de esperanza al hombre que vive el miedo y la desesperanza.
Encerrarse en la indiferencia o en el desencanto, o inducir a otros a la desesperanza, es la mejor forma de cercenar el auténtico testimonio del resucitado. El cristiano es el hombre de la esperanza. El cristiano es el instrumento de la esperanza, aunque le falten hombros para cargar con la esperanza. Hagamos de nuestra vida una locura incansable de esperanza.
Tal vez el más tangible testimonio de un cristiano cara a sus hermanos creyentes hoy sea, precisamente, su capacidad para dar esperanza, aunque alguien vea una pequeña o gran masa que vive bajo el la sombra y el desencanto.
¿Alguna vez te haz confesado del pecado de la desesperanza?. Ánimo Dios y su Iglesia cuenta con TÚ esperanza.

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda